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Opinión

Crónica de una ETA anunciada

José J. Vergara Díaz
José J. Vergara Díaz
Columnista
24 de diciembre de 2025

Siempre que hablamos de enfermedades transmitidas por alimentos (ETA) repetimos el mismo libreto: Salmonella, E. coli, cadena de frío, lavado de manos. Todo correcto, todo necesario, todo profundamente aburrido. Y, peor aún, insuficiente. Porque si algo ha quedado claro en los últimos tiempos es que la mayoría de las ETA no se originan sólo en la comida, sino en lo que creemos sobre ella.

Hay brotes que ya no empiezan en una cocina mal aseada. Empiezan en los anuncios de YouTube, Instagram o TikTok, en la nostalgia de “así lo hacía mi abuela”, en la falsa confianza del “si huele bien, está bueno” y en la peligrosa idea de que el estómago se “acostumbra”. La bacteria sigue siendo la misma, el problema nuevo es el comportamiento humano motivado por redes sociales y rutinas urbanas mal entendidas. El arroz recalentado tres veces, guardado a temperatura ambiente “porque eso nunca pasa nada” es una invitación abierta al Bacillus cereus. No es exótico, no es raro, no es de laboratorio, es cotidiano, barato y eficiente para mandar a la gente a urgencias. Lo mismo ocurre con Shigella en frutas listas para consumir, Salmonella fuera del contexto de procesados o embutidos, o los brotes asociados a los servicios a domicilio donde la cadena de frío se rompe tranquilamente en una moto bajo nuestro querido sol caribeño a la 1:00 PM. El verdadero nuevo fenómeno no está en la microbiología, sino en la narrativa. Hay recetas virales que son, sin exagerar, protocolos de ETA disfrazados de contenido creativo: descongelar pollo con agua caliente “para que quede más suave”, preparar sushi casero sin congelación previa, consumir leche cruda como símbolo de salud natural, o dejar alimentos “reposar” horas porque “así saben mejor”. Todo esto no es solo ignorancia, es desinformación con buena iluminación, edición y la música de fondo con el último éxito del afrobeat. Los médicos seguimos persiguiendo al alimento como principal sospecho, cuando el culpable puede ser otro: la tabla de picar que se usa para todo, el cuchillo que no distingue entre crudo y cocido, las manos que pasan del celular al plato sin escalas, la nevera que se abre cien veces sin control. Si hiciéramos el ejercicio de marcar con luz ultravioleta una “contaminación” inicial, descubriríamos que en minutos toda la cocina es una escena del crimen. Y ahí está el punto incómodo, las ETA no solo aparecen por falta de conocimiento técnico sino por un exceso de confianza cultural. Creemos que la experiencia reemplaza a la higiene, que la costumbre sustituye al riesgo y que como “aquí siempre se ha hecho así” eso es un argumento sanitario válido. Pues no, no lo es. Tal vez el desafío actual no sea repetir cuáles bacterias causan diarrea, sino aceptar que el brote moderno surge en la intersección entre redes sociales, hábitos heredados y una peligrosa subestimación del riesgo. Debemos cambiar la conversación sobre las ETA, pues van en aumento los brotes cuyos orígenes están menos en el alimento y más en el espejo.