Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

Criminalidad transformada

Arianna Córdoba Díaz
Arianna Córdoba Díaz
Columnista
1 de mayo de 2026

Cuando en diciembre de 1993 fue abatido en Medellín por la Fuerza Pública el malévolo narcotraficante Pablo Escobar, Colombia respiró tranquila y se tuvo la ilusión de que en el país buena parte de los problemas relacionados con orden público y seguridad ciudadana habían sido solucionados.

Nada más alejado de la realidad. Con el paso de los años —de las décadas— lo que ha quedado en evidencia es que Colombia no superó la criminalidad: la transformó. Hoy no se vive, se sobrevive. Y no es una exageración. Es la sensación cotidiana de millones de ciudadanos que trabajan, cumplen sus deberes y, aun así, se ven permanentemente expuestos a formas cada vez más sofisticadas de delincuencia. Por ejemplo, hay colombianos que reciben al día hasta ocho llamadas o mensajes en sus celulares de supuestos funcionarios de entidades financieras ofreciendo servicios ficticios o intentando manipular a los incautos para vaciarles las cuentas bancarias o apropiarse de sus tarjetas de crédito. Cada vez son más refinados en sus tácticas para confundir, pues tienen todos los datos de sus posibles víctimas y suenan tan creíbles que son muchos los que caen en la trampa. Uno se pregunta: ¿Dónde obtienen todos los datos de los clientes de un banco, incluyendo hasta números de cuentas? A esos estafadores se suman los extorsionistas que no cesan en su empeño de querer vivir delicioso a costa de amedrentar al prójimo y con mensajes violentos y amenazantes, exigiendo dinero para no atentar contra una persona, la familia de esta o simplemente para dejarla trabajar. Imagínense, un nuevo tributo: impuesto al trabajo. Los colombianos también se ven acosados en el transporte público o en la mera calle, donde los rateros ya no se conforman con robar y salir corriendo, sino que hacen cada vez más rápido innovaciones a su "modus operandi" y sorprenden a las víctimas con acciones cada vez más raras para atacar y muchas veces, hasta acabar con la vida de los agredidos, sea por robarles un celular o un par de tenis. Ni hablar de las bandas criminales que tienen permeadas varias capas de la sociedad y actúan de manera realmente atemorizante. Los sucesores de Pablo Escobar se han multiplicado y la violencia en general se apodera de buena parte del territorio nacional -miren nada más la sangrienta escalada terrorista en los departamentos de Cauca y Valle- Así las cosas, los colombianos sanos, los que no pretenden vivir a costa de perjudicar a los demás, solo nos queda persignarnos y echarnos agua bendita, porque salir a la calle, es un verdadero reto. Y mientras tanto, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿en qué momento nos acostumbramos a vivir así?