
Criar con conciencia. Hablar desde el respeto

La infancia, con su inocencia, choca a menudo con los prejuicios adultos, perdiendo en el proceso. Padres que juzgan y excluyen, olvidando su propia niñez, siembran el mal que dicen combatir.
Por Glenda K. Fuentes Hay momentos en que la infancia, en toda su inocencia, choca de frente con los prejuicios del mundo adulto. Y en ese choque, pierde. Nos gusta pensar que educamos desde el amor, la inclusión y el respeto. Que rechazamos el bullying, la discriminación y la violencia emocional. Sin embargo, sin darnos cuenta, somos los propios adultos quienes sembramos —con gestos, silencios o palabras— las raíces del mismo mal que decimos combatir. Los niños discuten y, al rato, vuelven a jugar. Son intensos, imaginativos, impulsivos. Pueden herir sin querer, porque están aprendiendo. Ellos no etiquetan y no guardan rencor. Quien sí suele quedarse atrapado en un conflicto que no le pertenece es el adulto. Y muchas veces lo hace desde prejuicios no resueltos consigo mismo. Desde ahí, se vuelve común verlos "analizando" a un hijo ajeno: por lo que dijo, por con quién juega, por cómo se expresa, por lo que hace. Muchas situaciones que ocurren en el colegio no deberían ser noticia por fuera del aula. Y mucho menos convertirse en tema de conversación entre papás, en señalamientos disfrazados de consejo, en exclusión vestida de "formación". Conviene recordar tres cosas básicas: 1. No siempre todo lo que dicen los niños ocurre tal como lo cuentan: pueden exagerar o malinterpretar. 2. Están en formación, aprendiendo a relacionarse. 3. Y lo más importante: no todo comportamiento espontáneo es una amenaza que deba corregirse con alarma. Frases como "ya le dije a mi hij@ que no se junte con tal" parecen pequeñas, incluso responsables. Pero dibujan una cultura que educa desde la exclusión y no desde la conciencia. Porque en el mundo siempre encontraremos personas con ideas distintas, comportamientos que incomodan o incluso con influencia negativa. Y precisamente por eso, lo que más necesitan estos es criterio para decidir, fuerza interior para establecer límites, aspectos que no se edifiquen desde el prejuicio, sino desde el discernimiento. Ese juicio que se emite "por cuidado" muchas veces no es más que miedo adulto y culpa por lo que no supimos sanar. Se nos olvidó que también fuimos niños. Y desde esa amnesia, empezamos a exigir perfección: como si ellos tuvieran que ser lo que nosotros no fuimos, llenar los vacíos que arrastramos, restaurar nuestras propias heridas. Como si ser niños no bastara. Así, sin darnos cuenta invalidamos… y enseñamos a juzgar. Los niños escuchan. Siempre. Y repiten. Y aprenden. Por eso no basta con hablar de "valores". Hay que tratar de mostrárselos con coherencia. La pregunta es sencilla, pero incómoda:¿Y si fuera tu hijo? ¿Tu hija? ¿Te gustaría que su nombre estuviera en entredicho en tertulias adultas? La infancia no necesita entornos que destruyan. Necesita apoyo colectivo y respeto sin condiciones. Ningún niño debería cargar con lo que los adultos no saben resolver. Ni en casa. Ni en la escuela. Ni en ninguna parte. Así que: seamos el ejemplo que buscamos enseñar.