
Créele

¿Alguna vez deseaste que alguien dejara de mentir o manipular? Esta reflexión analiza hábitos tóxicos, la importancia de ver la realidad y la urgencia de la denuncia en casos de violencia intrafamiliar.
Por Glenda K. Fuentes Hace poco recordaba la icónica película de Jim Carrey, Mentiroso, mentiroso, donde un abogado, experto en distorsionar la verdad, se ve obligado a decirla completa y sin adornos durante 24 horas, gracias al deseo de cumpleaños de su hijo. Y pensaba… cuántas veces, en la vida real, deseamos lo mismo. Que alguien, de un momento a otro, deje de mentir, de manipular, de herir. Que cambie por arte de magia comportamientos que ya ha convertido en costumbre. Manipular, mentir, insultar, agredir. No son accidentes del carácter. Son hábitos. Decisiones reiteradas. Formas de vivir que se revelan una y otra vez, incluso cuando pedimos —o suplicamos— que no lo hagan. Cuando alguien ya te mostró quién es, no intentes maquillarlo con expectativas falsas ni con promesas que han perdido todo valor. A menudo, el mayor engaño no proviene de los demás, sino de nuestra propia insistencia en creer que esta vez será distinto. ¿Cualquier persona puede cambiar? Sí, pero eso requiere voluntad, compromiso y acompañamiento profesional. Y es una tarea que debe hacer el otro. No tú. No a costa tuya. La violencia intrafamiliar rara vez aparece de forma repentina. En muchos casos, incluso antes de convivir con esa persona, ya te había mostrado señales claras de quién era en realidad. Observa cómo trata a su familia, cómo resuelve los conflictos, si sabe respetar los límites o si necesita imponerse todo el tiempo. Porque esos gestos, aunque pequeños, dicen más que cualquier discurso de amor o promesa de transformación. No podemos predecir el futuro de una relación, pero sí podemos ver con claridad el presente. Y muchas veces, ignoramos lo evidente por miedo a estar solos, por el deseo de creer en lo que podría ser, o por esa idea errónea de que el amor lo cura todo. Pero no. El amor jamás exige ignorar la realidad. Mucho menos renunciar a la objetividad. La violencia intrafamiliar no tiene género: todos pueden ser víctimas. Es un delito tipificado (Ley 294 de 1996, modificada por la Ley 1959 de 2019) y tiene consecuencias jurídicas. Sin embargo, uno de los mayores desafíos es la falta de denuncia. Muchos hombres callan por vergüenza o por el estigma. Muchas mujeres por miedo a quedarse solas o perder el sustento del hogar. Y sin denuncia, no hay registro. Y sin registro, no hay cifras. Y sin cifras, el Estado no responde. Porque lo que no se cuenta, no existe. Y lo que no existe, jamás será prioridad. Nadie está en la obligación de quedarse donde no hay paz. De justificar lo injustificable. Hay ciclos que no se cierran con más paciencia, sino con más límites. Hay relaciones que no se salvan, se superan. Y hay heridas que solo sanan cuando dejas de idealizar al otro y empiezas a cuidarte a ti. Así que si alguien ya te mostró quién es… créele.