
Cosas que pienso en un avión

En un vuelo inesperado, la autora experimenta la conexión humana ante la igualdad. Reflexiona sobre la existencia, la fugacidad y la importancia del presente, lejos de las distracciones cotidianas.
Por Olga Hernández Bustamante La semana pasada me tocó viajar. Generalmente elijo el puesto de la ventana. Sigo disfrutando, con emoción infantil, el momento en que el avión despega de la pista y las cosas se empiezan a ver pequeñitas. Esta vez me tocó acomodarme a la silla que había, no la que yo hubiera elegido. Entonces, me tocó un asiento en el pasillo. No tenía libros a la mano, no hay ya pantallas para ver una película o serie mientras se vuela, no tenía mis audífonos para escuchar música. Me tocaba observar a mi alrededor y aprovechar el tiempo de silencio y desconexión. Mi mirada se fue de persona a persona. Empecé a darme cuenta de que todos estábamos en la misma situación, todos íbamos sentados y siguiendo las instrucciones que había recitado la azafata: "El espaldar de su silla en posición vertical, la persiana de la ventanilla abierta, celular en modo avión o apagado". Era inútil en ese momento qué hacíamos, qué trabajo teníamos, cuánto ganábamos, qué tanto habíamos estudiado, si hacíamos ejercicio o no, si preferíamos el café amargo o con azúcar… No importaba nada. No tenía idea quién era y con qué se ganaban la vida mis compañeros de fila, pero éramos justamente eso, compañeros de fila y afrontábamos, por cosas del destino. El mismo viaje. La evidencia me trajo una certeza, una que ya había nombrado Viktor Frankl "Al final no nos queda nada sino nuestra propia existencia desnuda". De tantos afanes, tanto correr para ser mejores, tanto estudiar, comer, dormir y trabajar. Al final, lo único que tenemos y que no contemplamos por estar distraídos en lo demás, es nuestra propia existencia desnuda. Obviamente nunca supe qué pasaba por la mente de los demás. Sí, ese que afanosamente abría y cerraba chats viejos buscaba ruidos y distracción para no estar consigo mismo. Si quien dormía estaba cansado por alguna razón. Si quien lagrimeaba lo hacía por nostalgia o por algún duelo, si quienes se sostenían las manos entrelazadas se amaban realmente o estaban juntos por costumbre. Al final, nada de eso importaba, estábamos juntos en el mismo vuelo, nuestra existencia, simple y contundente se nos puso al frente, y me sentí feliz de poder saberme viva, justo en ese momento.