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Opinión

Corrupción y neurociencias

Remberto Burgos de la E.
Remberto Burgos de la E.
Columnista
14 de julio de 2025

Llamó mi atención la última encuesta publicada por Guarumo-Ecosistema entre el 1 y 5 de julio del 2025.

En el ambiente político se hizo una pregunta, simple y sencilla: cuáles son los problemas que más le preocupan. La respuesta de los tres primeros lugares: salud, inseguridad y corrupción. La vida de las personas, no considerada sagrada por este gobierno, es la mayor angustia. Sin poder salir a disfrutar o la escala alcista de extorsión y secuestro es la segunda. Y finalizamos con el mal de todas las décadas: la corrupción. Un departamento pobre y con necesidades insatisfechas, como Córdoba, tiene en la fecha 12 en primera y 6 en segunda línea al senado. Ideas nuevas, proyectos de renovación, infraestructura vial o extensión de la educación no existen o no se escuchan. Se habla del mercantilismo de la política, la compra de los líderes y cómo se caza y amarra -desde hoy- esos votos. Surgen nombres, salpicados por escándalos y mencionados en los diversos ilícitos, que han enredado a este gobierno. Es adictivo su poder. ¿Somos seres con tendencia hacia la corrupción? ¿Es un instinto innato? En un cerebro sano, la tendencia a adoptar un comportamiento corrupto debe desencadenar un conflicto entre el deber y la acción. Abusar de una situación ventajosa, personal, y obtener beneficios se debe evitar por el temor al castigo o la sanción social. Entran a trabajar los circuitos que intervienen en la evaluación moral, la recompensa y el autocontrol. Las áreas que liberan neurotransmisores con el propósito de obtener dinero nos motivan a repetirla. Hay que analizar el comportamiento social, el cual se seleccionó durante mucho tiempo. Millones de años para asumir su pertenencia y aceptar sus reglas. Para salir de esto se requiere mucha fuerza emocional y quizá también pagar el precio de la soledad. Cuando hay conductas que no reciben nuestra aprobación o dudosas, el cerebro las asume como "si fueran correctas". De esta forma se activa la conducta grupal y pasa por encima de los principios éticos. Aparece el fenómeno de desensibilización y se van apagando las áreas que nos detectan el peligro: se silencia el "timbre moral" en nuestro cerebro. La corrupción distorsiona las redes neurales del autocontrol y les abre un camino ventajoso e ilícito a nuestras metas propias, no podremos acabarla. Diptongo: La indiferencia de la gente es el mejor caldo de cultivo para que crezca la corrupción." Delia Ferreira