
Corrección y centinelas

Dios nos corrige y guía por amor, con el objetivo de educarnos y fortalecer nuestra fe. La corrección, aunque difícil, es esencial para el crecimiento espiritual y el bienestar.
Por Selma Samur de Heenan Porque Dios nos ama, nos educa, entrena, amonesta, exhorta y castiga. Y lo hace con la sabiduría divina que lleva implícita la pureza de intención, que todo lo permite para bien de quienes lo aman y reconocen como Padre. En ejercicio de su paternidad, nos va enseñando y poniendo a prueba para que podamos ir reafirmando, entre caídas y levantadas, las verdades que nos ha querido inculcar. En la Sagrada Palabra, se nos recomienda no entristecernos cuando el Señor nos corrija, y no desanimarnos cuando nos reprenda, pues Él corrige al que ama. El deber de instruir y amonestar, se adquiere intrínsecamente por el tipo de relación que se establece naturalmente entre las personas. Por ejemplo: padres e hijos; cónyuges; empleador y empleado; superior y subalterno, la persona mayor con la menor; dirigente y dirigido; padrino y ahijado. La Iglesia ha determinado que es nuestro deber corregir al que se equivoca y enseñar al que no sabe, lo que implica en ocasiones la necesidad de hacer correcciones fraternas, que en algunos momentos, inevitablemente, serán duras y fuertes, según las circunstancias que le dan origen, y al riesgo que conllevan para el alma de esa persona en caso de mantenerse errada. En el Evangelio encontramos pautas para ejercer esta obligación, so pena de incurrir en falta por omisión. San Mateo 18, 15 - 17, "Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea. Si tampoco escucha a la iglesia, considéralo como un pagano o un publicano". Es normal que, ante una corrección, opongamos cierta resistencia, porque las manifestaciones de soberbia nos impiden reconocer fácilmente la biga en nuestro ojo. Lo ideal sería que nos podamos alegrar a pesar de la incomodidad del momento, o del dolor de escuchar verdades difíciles de reconocer. Si nos dejamos instruir, seguramente estaremos dando un buen paso para enmendarnos, y avanzar en el camino indicado para cosechar buenos frutos de paz, gozo, bienestar y santidad. Igualmente, si insistimos en advertir el peligro, somos los centinelas que dan aviso oportuno.