
Córdoba se lleva en la sangre una mirada desde Cereté al compromiso con nuestra tierra

Hay emociones que no se explican: se sienten.
Pasa cuando juega Colombia en un Mundial y suena el himno nacional. Uno puede estar en una sala, en una tienda, en una plaza, frente a un televisor viejo o con el celular en la mano, pero cuando empiezan esas notas, algo se levanta por dentro. Se aprieta el pecho. Se eriza la piel. Aparecen la bandera, la infancia, la casa, la madre, el barrio, los amigos, los que ya no están y esa patria que a veces duele, pero que nunca se deja de amar. Ese sentimiento no se canta solamente con la boca. Se canta con la sangre. Así también se siente Córdoba. No como un simple dato de nacimiento. No como una dirección en la cédula. No como una frase bonita para decir en campaña. Córdoba se siente cuando uno aprende a vivir su sol, su acento, su comida, sus ríos, sus calles, sus pueblos, sus defectos y su nobleza. Se vuelve parte de uno cuando la tierra deja de ser paisaje y se convierte en pertenencia. Yo nací en Bogotá, pero llegué a Cereté antes de cumplir un año. Aunque todavía algunos, por cariño o por costumbre, me dicen “Cacha”, nunca aprendí a hablar cachaco. Mi oído se formó con el acento del Sinú, con la palabra cereteana, con el calor del mediodía, con el patio, con la tienda, con el colegio, con el campo cercano y con esa manera cordobesa de hablar duro, sentir hondo y seguir adelante. Uno no siempre es de donde nace. A veces uno es de donde aprende a sentir. Y yo aprendí a sentir en Córdoba. Por eso esta crónica no nace desde la estadística fría, sino desde la emoción de pertenecer. Córdoba no es simplemente un departamento del Caribe colombiano. Es una forma de caminar, de hablar, de resistir, de celebrar y de mirar la vida. Es una tierra que ha sido herida muchas veces, pero que nunca ha perdido su música interior. Córdoba nació primero en el agua. Antes de que la ley la nombrara departamento, ya existía en el Sinú, en el San Jorge, en las ciénagas, en los caños, en los humedales, en la sabana, en la costa, en el porro, en el sombrero vueltiao, en la memoria zenú, en la mano campesina y en el pescador que salía temprano a buscar el sustento. Aquí el río no es adorno. El río es sangre. La tierra es el cuerpo. Y la gente es el corazón. El río es sangre porque por sus aguas ha corrido la historia: la canoa, el comercio, el pescado, la cosecha, la noticia, la despedida y el regreso. La tierra es el cuerpo porque de ella hemos vivido: el algodón, el maíz, el arroz, la yuca, el plátano, el ñame, el ganado, la pesca, el trabajo y la comida. Y la gente es el corazón porque, sin el campesino, sin el pescador, sin el maestro rural, sin la mujer que emprende, sin el joven que sueña, sin el artesano, sin el músico y sin el trabajador que madruga, Córdoba sería apenas un nombre escrito en un mapa. Pero Córdoba no es un mapa. Es una casa grande con treinta municipios. Es Montería, capital y espejo del Sinú, ciudad que debe crecer sin olvidar que su alma está en el río. Es Lorica, antigua y señorial, donde los balcones, el mercado y la memoria conversan con los siglos. Es Cereté, mi Cereté, nuestro Cereté, corazón agrícola del Medio Sinú, tierra de comercio, familia, patio, caño, trabajo y dignidad. También es San Pelayo con el porro que nos levanta el pecho; Tuchín y San Andrés de Sotavento con el sombrero vueltiao y la memoria zenú; Ayapel con su ciénaga profunda; Tierralta y Valencia con el Alto Sinú, la montaña y el agua; la costa cordobesa con su mar Caribe; el San Jorge con su fuerza productiva; y cada pueblo de la sabana donde la vida se trabaja sin tanto ruido, pero con una dignidad inmensa. Así se entiende esta tierra: como una sola canción cantada por muchas voces. Durante años hemos sido promesa, herida y renacimiento. Hemos conocido el auge del algodón, la fuerza de la ganadería, la riqueza de las ciénagas, el comercio, la pesca, la cultura del porro, el talento de nuestros jóvenes y la nobleza de nuestra gente. Pero también hemos conocido abandono, violencia, desigualdad, pobreza, politiquería y esa vieja costumbre de mirar a los municipios solo cuando llegan las elecciones. Hay que decirlo claro: Córdoba no es una tierra vencida. Es una tierra aplazada. Todo lo aplazado, cuando despierta, puede convertirse en fuerza histórica. Por eso el futuro del departamento no puede seguir siendo un discurso. Necesitamos vías, agua potable, salud que funcione, educación de calidad, conectividad, empleo digno, seguridad humana, agroindustria, turismo responsable, protección ambiental y cultura viva. Necesitamos que el campo no sea visto como pasado, sino como futuro; que el porro no sea solo festival, sino industria cultural; que el sombrero vueltiao no sea únicamente símbolo nacional, sino dignidad para las manos que lo tejen; y que el río no sea paisaje para la foto, sino vida que se protege. Esta tierra no se salva por partes. O despiertan sus municipios, o el departamento seguirá caminando incompleto. Por eso este texto también es un llamado respetuoso, pero firme, al presidente electo. Córdoba no puede ser solamente una referencia sentimental en la historia personal de quien llega al poder. No puede ser solo una tierra que se menciona con orgullo en los discursos. No puede ser una emoción de campaña ni una postal de origen. Córdoba debe ser compromiso. Debe ser causa. Debe ser responsabilidad. Porque no basta con decir que se quiere a una tierra. Hay que luchar por ella, defenderla y responderle con hechos. Cuando asuma la responsabilidad de gobernar, acuérdese también de esta región: de Montería en el cauce del Sinú, de Lorica en sus balcones antiguos, de Cereté en su tierra fértil, de San Pelayo en el golpe del porro, de Tuchín en cada fibra del sombrero vueltiao, de Ayapel cuando la ciénaga pide auxilio, de Tierralta cuando la montaña recuerda que sin agua no hay patria, de la costa cordobesa cuando el mar reclama oportunidades y del San Jorge cuando su gente pide equilibrio entre producción, ambiente y justicia social. Córdoba no pide privilegios. Pide justicia territorial. Pide que la miren completa. Que no la usen solo para el aplauso. Que no la nombren únicamente cuando conviene. Que no la dejen esperando otros cien años. Pide presencia real del Estado, inversión seria, educación, salud, vías, agua, seguridad, cultura, empleo y oportunidades para que nuestros jóvenes no tengan que irse por obligación, sino que puedan quedarse por esperanza y volver por amor. Este llamado no es solo para quien gobierna el país. Es también para el gobernador, los alcaldes, los congresistas, los diputados, los concejales, los empresarios, las universidades y todos los que tienen poder de decisión. Que les duela cuando un niño rural no tiene internet. Que les duela cuando una ciénaga se seca. Que les duela cuando un joven se va porque aquí no encontró oportunidad. Que les duela cuando un campesino pierde la cosecha. Que les duela cuando un pescador vuelve con las manos vacías. Y que les duela, sobre todo, cuando la cultura se usa para la foto, pero no para transformar la vida. Córdoba necesita dirigentes con memoria en la sangre, no administradores de ocasión. Necesita hombres y mujeres que entiendan que esta tierra no es una escalera para subir, sino una raíz para servir. Gobernar no es posar frente al río: es defenderlo. No es decir que se ama la tierra: es cuidarla. No es hablar de la gente: es escucharla. No es usar la cultura: es dignificarla. El porvenir cordobés debe construirse con raíz y tecnología, con porro y programación, con campo e innovación, con tradición y futuro. Debe tener campesinos con asistencia técnica, pescadores con protección ambiental, jóvenes con becas, mujeres con crédito productivo, docentes con herramientas, artesanos con mercados justos, empresarios con responsabilidad social y gobiernos con vergüenza. Córdoba tiene río, mar, sabana, montaña y ciénaga. Tiene cultura, universidad, campo y juventud. Tiene mujeres berracas, campesinos sabios, pescadores resistentes, artesanos, músicos, trabajadores, memoria y alma. Lo que falta es unir todo eso en un proyecto común. Por eso, cuando dentro de cien años alguien vuelva a escribir sobre esta tierra, que no diga que esperó sentada. Que diga que despertó. Que Montería fue faro, pero no centro arrogante. Que Lorica fue memoria, pero no museo detenido. Que Cereté fue semilla fértil, agroindustria y futuro. Que San Pelayo convirtió el porro en porvenir. Que Tuchín convirtió el tejido en dignidad. Que Ayapel salvó su ciénaga. Que Tierralta protegió sus montañas. Que la costa aprendió a vivir del turismo sin vender su alma. Que el San Jorge encontró equilibrio. Que las sábanas sembraron ciudadanía. Que la política aprendió a escuchar. Que la educación fue bandera. Que la cultura fue camino. Que el agua fue sagrada. Que la economía tuvo rostro humano. Y que Córdoba, por fin, entendió que el porvenir no se mendiga. Se siembra. Se canta. Se teje. Se pesca. Se estudia. Se trabaja. Se defiende. Porque hay departamentos que aparecen en los mapas. Y hay territorios, como Córdoba, que aparecen primero en el alma. Cereté me dio acento, memoria y pertenencia. Mi corazón aprendió a latir en cordobés. Y eso no se explica. Se siente.