
Córdoba: reconstruir sin improvisar

Córdoba atraviesa una de las coyunturas más complejas de los últimos años. Campesinos, ganaderos, comerciantes y emprendedores han visto cómo el agua interrumpió su trabajo y su ingreso. Las inundaciones están golpeando con severidad al departamento, afectando miles de familias, paralizando corredores rurales y anegando extensas áreas productivas, comprometiendo la estabilidad económica territorial.
Las cifras permiten dimensionar la magnitud del impacto. Reportes oficiales y gremiales estiman que entre 110.000 y 145.000 hectáreas han resultado afectadas por las crecientes en el departamento. La ganadería, columna vertebral de la economía cordobesa, ha visto comprometidos cientos de miles de bovinos, con más de 1.200 animales muertos o desaparecidos en los primeros balances, además de pérdidas en especies menores como porcinos, caprinos y aves de corral. En el frente agrícola, miles de hectáreas de plátano, yuca, maíz, coco y frutales como papaya quedaron bajo el agua, interrumpiendo ciclos productivos y presionando el abastecimiento local. Pero más allá de los números, el golpe es humano. Cada hectárea anegada representa ingreso perdido. Cada animal muerto significa capital que no se recupera fácilmente. Cada cultivo destruido implica meses de trabajo que desaparecen en cuestión de horas. La emergencia climática se convierte rápidamente en emergencia económica cuando el flujo de caja rural se detiene. En medio de esta adversidad es justo reconocer el liderazgo institucional. El gobernador de Córdoba y el alcalde de Montería han asumido la emergencia con presencia permanente en territorio, articulación operativa y gestión directa ante el Gobierno Nacional. Han activado mecanismos de coordinación, instalado puestos de mando unificado, priorizado intervenciones críticas y sostenido la capacidad institucional en un contexto de alta presión social y fiscal. No es una situación ordinaria. Lluvias atípicas, crecientes aceleradas y una presión hídrica sobre las cuencas del Sinú y el San Jorge que superó los escenarios previstos. En circunstancias de esta magnitud, la gerencia pública se evalúa por su capacidad de reacción, por la eficiencia en la toma de decisiones y por la coordinación efectiva entre niveles de gobierno. Y en ese frente, han estado liderando con responsabilidad. Ahora el desafío es sostener ese liderazgo en la fase más compleja: la recuperación económica. Atender la emergencia es indispensable; reactivar el aparato productivo es determinante. Córdoba no puede permitirse que esta crisis derive en una pérdida estructural de capacidad productiva ni en un deterioro prolongado del empleo rural y urbano. La recuperación debe concentrarse en tres frentes simultáneos. El primero es liquidez inmediata. Sin capital de trabajo no hay resiembra, no hay suplementación pecuaria, no hay reposición de insumos. Se requieren líneas de crédito ágiles, con desembolsos rápidos y periodos de gracia reales, especialmente para pequeños y medianos productores. El tiempo es una variable crítica: si se pierde la ventana agrícola, el impacto se multiplica durante todo el año productivo. El segundo frente es la logística rural. La recuperación de vías terciarias no es un asunto secundario; es la condición básica para que la economía vuelva a moverse. Cada tramo habilitado significa leche que llega al centro de acopio, plátano que llega al mercado, insumos que llegan a la finca. Aquí el mecanismo de obras por impuestos, ampliado a todo el departamento y no restringido exclusivamente a municipios Pdet, puede convertirse en un instrumento eficaz para acelerar intervenciones estratégicas en corredores productivos críticos. El tercer frente es la reactivación sectorial focalizada. El turismo en Montería y en el eje costero necesita alivios temporales que protejan empleo y flujo de caja. Beneficios tributarios transitorios y líneas especiales de financiamiento pueden evitar cierres definitivos. Incluso la gestión de tarifas aéreas especiales temporales hacia Montería enviaría una señal clara de respaldo económico y facilitaría la llegada de visitantes, inversionistas y cooperación en un momento clave. En paralelo, debe activarse un plan de “siembra rápida” con disponibilidad real de semillas certificadas, material vegetal y asistencia técnica inmediata. No basta con anunciar apoyos; hay que garantizar que los insumos estén disponibles cuando el terreno esté listo para producir nuevamente. La velocidad de ejecución será la diferencia entre recuperación y estancamiento. La dimensión sanitaria tampoco puede descuidarse. La disposición adecuada de animales muertos, el control de focos infecciosos y el acompañamiento veterinario son fundamentales para evitar que la crisis climática derive en una crisis sanitaria que agrave el panorama productivo. Este es un momento que exige unidad. Las disputas políticas deben ceder ante la urgencia económica. Córdoba necesita que el sector público, el sector privado, los gremios y la banca de desarrollo trabajen bajo una hoja de ruta común, con metas claras, cronogramas definidos y seguimiento permanente. Reconstruir sin improvisar significa actuar con velocidad, pero con método. Significa priorizar donde el impacto económico es mayor, asignar recursos con criterio técnico y medir resultados de manera transparente. Significa transformar la capacidad de reacción demostrada en la emergencia en una estrategia estructurada de reactivación productiva. Córdoba tiene liderazgo, capacidad institucional y un sector productivo dispuesto a levantarse. Lo que se necesita ahora es continuidad, rigor y decisión. Porque el agua puede anegar la tierra, pero no puede frenar un departamento que decide reconstruirse con método, con unidad y con visión de futuro.