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Opinión

Córdoba bajo el agua: resiliencia climática como política de Estado

Luis Miguel Pico Pastrana
Luis Miguel Pico Pastrana
Columnista
13 de febrero de 2026

En la última semana, más de 140.000 personas han resultado afectadas por las inundaciones en el departamento de Córdoba, con miles de hectáreas productivas bajo el agua y un impacto significativo sobre la infraestructura rural. El dato no es solo humanitario; es económico. Cada hectárea anegada representa pérdida de capital, ruptura de encadenamientos de valor y deterioro en la eficiencia productiva regional.

En un país donde el sector agropecuario aporta cerca del 7 % del PIB y más del 15 % del empleo nacional, los eventos climáticos extremos ya no pueden tratarse como contingencias excepcionales, sino como variables estructurales de la política pública. Lo ocurrido en Córdoba tuvo un componente atípico. Un frente frío en el norte del continente alteró el patrón climático habitual, generando precipitaciones intensas fuera del calendario tradicional de lluvias. El incremento súbito de los caudales tensionó la capacidad hidráulica del río Sinú y puso en el centro del debate la gestión del embalse de Urrá. Se ha abierto una discusión técnica y pública sobre niveles, descargas y protocolos operativos. Es legítimo que exista ese debate. Sin embargo, reducir el análisis a la asignación de responsabilidades individuales sería simplificar un fenómeno que es, ante todo, sistémico. La operación de embalses en contextos de variabilidad climática extrema enfrenta limitaciones técnicas reales: modelos hidrometeorológicos imperfectos, infraestructura diseñada bajo supuestos históricos y coordinación institucional que no siempre fluye con la precisión que exige el riesgo creciente. La pregunta de fondo no es únicamente si se actuó conforme a los protocolos, sino si nuestros protocolos, infraestructura y sistemas de predicción están diseñados para el clima del siglo XXI. Desde una perspectiva económica, el impacto va más allá de la emergencia inmediata. La inundación destruye activos productivos —cultivos, pasturas, sistemas de riego, maquinaria— y afecta la capacidad de generación de ingresos futuros. La reposición de capital en el sector rural no es automática. En muchos casos, implica ciclos de recuperación de uno o dos años, deterioro en la liquidez de los productores y aumento en el riesgo financiero del territorio. Esto se traduce en menor inversión, menor acceso a crédito y debilitamiento de la competitividad regional. La discusión actual revela un reto estructural: Colombia no ha internalizado plenamente el riesgo climático en su modelo de desarrollo rural. Seguimos planificando infraestructura hídrica, ordenamiento territorial y sistemas productivos con base en promedios históricos, cuando la nueva normalidad es la volatilidad. La resiliencia climática debe dejar de ser un concepto técnico marginal y convertirse en un principio rector de la política agropecuaria. Esto implica tres transformaciones estratégicas. Primero, fortalecer la infraestructura hidráulica productiva: drenajes, adecuación de tierras, reservorios y obras compatibles con la geomorfología de cada cuenca. Segundo, integrar tecnología y AgTech en la gestión del riesgo: sistemas de monitoreo en tiempo real, modelación predictiva avanzada y digitalización de datos hidrológicos que permitan anticipar escenarios críticos. Tercero, desarrollar instrumentos financieros adecuados —seguros agropecuarios eficientes, esquemas de cobertura y líneas de crédito adaptativas— que protejan el capital productivo frente a eventos extremos. La experiencia en la gestión pública demuestra que estos desafíos no se resuelven únicamente con decretos de emergencia. Se requiere una articulación público-privada sofisticada, basada en seguridad jurídica, claridad regulatoria y planeación de largo plazo. Las empresas operadoras de infraestructura, los gremios agropecuarios, las universidades y las entidades territoriales deben trabajar bajo un esquema coordinado de gobernanza del agua. No como reacción coyuntural, sino como política de Estado. El caso de Córdoba es una señal de alerta para el país. Las variaciones climáticas ya no son eventos improbables; son factores recurrentes que condicionan la productividad. Si no incorporamos esta variable en el diseño de políticas, seguiremos enfrentando pérdidas cíclicas que erosionan la competitividad rural. La reconstrucción, por tanto, no debe orientarse a restablecer el punto de partida anterior, sino a construir un modelo más robusto. Reconversión productiva en zonas de alto riesgo, fortalecimiento de encadenamientos de valor resilientes, integración de innovación tecnológica y una planificación territorial que combine desarrollo económico con gestión ambiental inteligente. El debate técnico es necesario. La búsqueda de eficiencia institucional también. Pero el verdadero desafío es más amplio: transformar la economía del riesgo en una economía de resiliencia. Cuando el agua se retire, el país tendrá la oportunidad de decidir si continúa administrando crisis o si consolida una estrategia de desarrollo rural que anticipe escenarios y proteja su base productiva. Córdoba hoy es el espejo de una discusión nacional: cómo garantizar competitividad y sostenibilidad en un entorno climático cada vez más incierto. El momento exige liderazgo técnico, visión de Estado y compromiso del sector productivo. No es una discusión sobre el pasado inmediato, sino sobre la arquitectura institucional y económica que queremos construir hacia adelante.