
Conversión de la región Caribe en Entidad Territorial (3)

Sin duda, el gran cuello de botella de la descentralización es la corrupción; vale decir, que la plata se quede en los políticos y en las élites regionales. Pero eso no nos debe conducir al camino de la inacción, que es la peor elección, por cuanto preserva el statu quo favorable a los intereses del centralismo. Por el contrario, nos debe impulsar a explorar alternativas a la crisis que busquen atacar el origen de nuestros desacuerdos: el "inequitativo reparto del poder", como lo afirma el maestro Hernández Becerra.
Afinar los mecanismos de control institucional es una de las medidas a nuestro alcance y prevista en la Constitución del 91, así como también el control social y las veedurías ciudadanas que, por la proximidad y cercanía a los mandatarios, facilitan el proceso de seguimiento y rendición de cuentas de sus ejecutorias. Pero como la razón y el argumento del centro para no descentralizar es la corrupción, es preciso recordar que los robos en el centro también son el pan diario, con el agravante de que son mayores y con actores más fuertes que, por tanto, tienen mayor poder para manipular. Haciendo la analogía con la institución familiar, es como cuando un papá borracho o proclive a violar normas critica a su hijo porque va por el mismo camino que él, como padre, le ha enseñado con su ejemplo. Así está el Estado con los municipios. Sin embargo, así como al hijo hay que darle la oportunidad para que construya su vida, así cometa errores —siempre presentes en la vida humana—, a los entes territoriales menores también hay que dársela, que es lo que busca este proceso de autonomía regional. En palabras del exmagistrado y profesor emérito del Externado de Colombia, Augusto Hernández Becerra, la crisis de la nación se puede resumir así: "El más grande adversario de la colombianidad es su sistema político, corrupto, decadente y centralizado. Enemigo, por supuesto, de la extensión de la democracia, del paso de la formalidad democrática a la democracia participativa. Un Estado centralizado es más operativo para las necesidades de un sistema político que funciona sobre la base del intercambio de favores entre los diversos actores políticos, el saqueo de las arcas públicas, el cobro de primas, comisiones o premios por tráfico de influencias (…) del acaparamiento del poder decisorio sobre la destinación de recursos públicos, la contratación estatal y el reparto de los empleos públicos (…) de un sistema político basado en el clientelismo, en el cual se intercambian votos por prebendas (…) para crear condiciones de 'gobernabilidad', es decir, para comprar apoyo político con el patrimonio del Estado, que es de la comunidad entera; para destruir toda posibilidad de oposición política; y para enriquecer a los protegidos del régimen". En consecuencia, "se ha acentuado una cultura de la democracia simulada y de corrupción galopante, por cuanto el dinero se agota en pagar favores políticos. (…) Y la descentralización atenta contra la trama de intereses creados a la sombra del centralismo. Las pequeñas administraciones son más transparentes, más controlables, más penetrables por las veedurías ciudadanas. Más pequeños los robos, más débiles los autores", señala el exmagistrado. "Si el Estado no transvasa sus competencias y recursos a las entidades territoriales, si no hace un esfuerzo mayor de financiación directa a los gobiernos municipales y departamentales, se recentraliza", como ha ocurrido en los últimos 30 años, perpetuándose de esta manera el abandono, la precariedad de servicios en la periferia, la inseguridad y la violencia que nos han acompañado durante toda nuestra existencia republicana, al no intentar combatir la causa originaria de nuestras violencias internas: el "inequitativo reparto del poder", concentrado en el centro del territorio.