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Opinión

Conversando con Dios

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
30 de junio de 2024

La oración, diálogo con Dios, transforma vidas. A través de ella, encontramos paz, fuerza y guía espiritual. Descubre el poder de la plegaria para superar miedos y conectar con la divinidad.

Por: Selma Samur de Heenan “No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús”. Filipenses 4,6-7 Dios nos invita a que oremos porque así es como conversamos con él. Orar es hablar con Dios, de tú a tú, que es como le debe hablar un buen hijo a su padre, elevando el alma para poner nuestro espíritu por encima de la materia, y facilitar así desde la tierra un encuentro con el Cielo, en el que se hace posible intercambiar las preocupaciones, dolores, tristezas, y miedos, por una fuerza inexplicable compuesta de paz, confianza, fe y esperanza. Jesucristo nos dice que podemos orar en privado y en comunidad; que pidamos porque seremos escuchados; que si buscamos su misericordia la recibiremos, y que llamemos a su puerta, que él mismo abrirá. No subestimemos el poder que tiene la oración, porque a través de ella se quitan cegueras espirituales, se cambian corazones, sanan heridas, y se concede sabiduría. Las oraciones son agradables a Dios. Principalmente las humildes hechas desde el corazón, las que reconocen pecados y piden perdón, las de agradecimiento y en las que se ruega por cosas inmateriales como las virtudes, la efusión del Espíritu Santo con sus dones, frutos y carismas. Con nuestras plegarias atraemos la unción Divina, conocemos y escuchamos a Dios, permanecemos en unidad con la Santísima Trinidad. Una oración es la cuota inicial de milagros y de poderosas transformaciones en todo nuestro ser y entorno. Ir por la vida sin oración es andar desprotegidos, con un insondable vacío interior, con la sensación de que falta algo que no se encuentra a la mano y no se sabe qué es. Por muchas cosas, triunfos o personas que estén llenando nuestro entorno, de nada sirve porque nos sigue faltando lo más importante, que no reconocemos y por eso ni amamos ni apreciamos. San Agustín lo definió diciendo: “Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti.”