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Opinión

Confianza y abandono

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
14 de enero de 2024

La confianza en Dios, aunque la mayor demostración de fe, es un desafío. Abandonarse a Él implica dejar atrás dudas y apegos, eligiendo entre el bien y el mal.

Por Selma Samur de Heenan La más completa demostración de Fe es la confianza y el abandono a la voluntad de Dios. Pero, al mismo tiempo, por conllevar la necesidad de dejar a un lado dudas, apegos, placeres, ataduras y criterios humanos, es la prueba más difícil de sobrepasar. El hecho de confiar en la Providencia Divina, implica saber que no nos faltará nada de lo realmente importante, y que nuestra ocupación debe ser mantenernos bajo la gracia santificante, lo que se logra obedeciendo los sagrados preceptos de la ley de Dios. Algunos santos o místicos han recibido ciertos pedidos que solo se pueden apreciar desde el espíritu y la humildad. Por ejemplo: a Santa Faustina, nuestro Señor de la Misericordia, le afirmó que le agrada mucho a su corazón cuando decimos: Jesús, yo confío en tí. Al santo sacerdote Dolindo Ruotolo, le comunicó una novena de abandono donde nos pide que dejemos de angustiarnos por las tribulaciones, y de tratar de solucionarlas con nuestros limitados recursos humanos, porque suyo es el verdadero poder, y en su facultad está actuar para resolverlas. Pide, entonces, que al sentir que las cosas se complican, le roguemos: "Jesús, yo me rindo a ti, me abandono en ti, ocúpate tú". ¿Por qué para algunas personas puede ser imposible tener esta confianza y capacidad de abandono? Porque no le creen a Dios, se conforman con decir que saben que ÉL existe, pero no lo sienten real, vivo, presente. Es posible que por haber desplazado las leyes divinas por las humanas, se han sumergido en el mundo materialista, que les enceguece espiritualmente, impidiéndoles subir por las estrechas sendas de la virtud, al preferir deslizarse por las anchas autopistas de lo viciado o corrupto. Ante tanta confusión, mentira y engaño, necesitamos tomar posiciones claras, ciertas y concretas. ¿Estaremos con Dios o con el diablo? Ambos existen, los dos quieren que optemos por ellos, y para lograrlo tienen estrategias opuestas. Dios construye, edifica y da paz. El otro, destruye, confunde y siembra caos. Dios nos propone una vía empinada, con cruces y pruebas. El demonio, en cambio, induce a tomar la ruta fácil con jolgorios, desenfrenos y placeres. Si elegimos a Dios, necesitamos cumplir con lo que nos pide, recordando que es un Padre que ama, cuida y protege, para lo que se muestra, también, justo y exigente. Si por el contrario, obedecemos a su enemigo, no esperemos nada bueno. Ese cobra muy caro por lo que da, porque se le paga con la vida eterna.