
Con todo Respeto

Hay expresiones que se han convertido en un salvoconducto para decir cualquier barbaridad sin asumir las consecuencias de lo que se afirma. "Con todo respeto" es una de ellas. Se pronuncia como si fuera una fórmula mágica capaz de neutralizar el veneno que viene después, cuando en realidad solo sirve para anunciarlo. Lo que sigue rara vez es respeto; casi siempre es un golpe disfrazado de cortesía.
Hace poco leí un mensaje: "No puedo tener empatía por el asesinato de este señor que se expresó así de otra persona". Más allá de la dureza de la frase, lo inquietante es lo que revela: hemos convertido la empatía en un valor condicional, que otorgamos o negamos según nuestras afinidades o simpatías personales. Y me pregunto: ¿existe alguna justificación para un asesinato? La respuesta debería ser evidente, pero pareciera que ya no lo es. Todo asesinato, sin importar el rostro, la filiación política o la historia personal de la víctima, debería provocar un rechazo absoluto. La vida no es un valor negociable ni una moneda de cambio en el juego ideológico. La dignidad humana, consagrada en el artículo 1° de la Constitución, nos recuerda que toda persona posee un valor intrínseco que no depende de sus ideas, acciones o pasado. Es un principio que exige no solo respeto, sino la garantía de condiciones para ejercer plenamente sus derechos. El derecho a la vida, no admite excepciones. Sin embargo, hemos caído en la peligrosa costumbre de medir el valor de las personas, y hasta una vida según nuestras simpatías, como si existieran muertes que valen más que otras. En lo que va de 2025, 97 dirigentes políticos han sido asesinados en Colombia. Entre enero y agosto, se han registrado 45 masacres. Son cifras que deberían unirnos en un rechazo colectivo y contundente contra la violencia, pero que, por el contrario, terminan dividiéndonos: entre quienes lamentan y quienes justifican. El asesinato del senador Miguel Uribe es un ejemplo estremecedor de cómo la violencia sigue minando nuestro entorno, más allá incluso de la democracia. Pero, sobre todo, de cómo la indiferencia, el sesgo en la defensa de los derechos humanos, la interpretación de la "libertad de expresión" y la fragilidad de los valores que decimos defender han terminado por polarizar nuestra vida en sociedad. ¿Qué le estamos enseñando a las próximas generaciones? ¿Cómo podemos hablarles de inclusión, respeto o bullying, si con nuestros actos y palabras promovemos lo contrario? La empatía no significa aprobar las ideas de alguien ni compartir su historia. Significa tener la capacidad de ponerse en el lugar del otro, sin necesidad de estar de acuerdo con él. Cuando valores como este se vuelven condicionales, abrimos la puerta a que mañana también nos sean negados. Y en ese punto, la violencia deja de ser una línea que nadie debería cruzar, para convertirse en una herramienta más para resolver diferencias. Con todo respeto, cultivemos respeto incluso en nuestras palabras.