
Como polvillo de estrella

En verano, el "polvillo", árbol sagrado, tiñe campos y caminos de amarillo. Símbolo de alegría y luz, su floración impacta la mente y alivia tristezas.
Por José Arturo Ealo Gaviria Es verano. El sol expulsa sus rayos a través del cielo. Cae ardiendo sobre la polvareda de los campos. Hay una contemplación bendita. El valle, la sabana, las praderas y las elevaciones se aplacan en pátinas amarillas. Se levanta, expande y florece. Se precipitan cúmulos de flores. La claridad de febrero a mayo se eleva. Hace su velada en él. Conocido como roble amarillo, guayacán amarillo, cañaguate, palo santo, palo de arco, entre otros nombres, el polvillo es un árbol sagrado unido con la fertilidad y la vida. Es de esos espectáculos que maravilla en nuestros campos. Expresa alegría, luz. Caminos, senderos y viviendas del campo se incendian en hordas de copos amarillos planeando a ataviarse de un sol que dora los caminos. Se levanta cual centauro natural de longevidad. Elección de belleza para todos los paisajes. Inspira orden, ritmo. Sus ramas y su cercanía arrastran a una patria zalamera. Le he visto huir del sol y con asombro al surgir la luna. Se siente una estable celebración. Su embestir imprime una faja de brillo, cual juglar de ensueños a orillas de los caminos. Su silencio no es dorado. Es amarillo. Encanta a Dios. En su máxima pureza, siempre implica la naturaleza del brillo. Su carácter es de alegría y serenidad. Estimula. Expresa calidez. Reconforta. Por ostentar dicho color es lo más cercano a la luz. Los rayos del sol y las estrellas se asocian con él. Es el resplandor del espíritu. Es un millar de grullas de papel que navegan por un río lento y suave. Es un círculo de la luna. Centinela con brillo durante la noche más fría. Florece sobre la piel de la tierra. Se aviene desde su vértice en una multitud de centelleo como para poblar otras vidas. Su magia se halla en la dualidad que hay entre el día y la noche. Su impacto promueve vibración favorable para la actividad mental o intelectual. Si se le contempla con embeleso aumenta la conciencia. Alivia la depresión, la tristeza o cualquier tipo de abatimiento. Y cuando llegan los atardeceres, el polvillo se vuelve un astro, como una luna o un sol con luz amarilla. El pasado se repite con todas las escenas de la memoria. Todo pasa rápido. Nada que no salga del corazón mismo de esta tierra podrá ser dominado. El corazón del hombre aquí es dadivoso y fragante como el terruño. Hay un vigía silente con luz propia y resplandeciendo como polvillo de estrella.