
Cómo curarnos del odio

El odio es un sentimiento que recorre el cuerpo y el alma. Comienza como una aversión, una antipatía, un malestar frente a ciertas personas, conductas, prácticas, pero no se queda allí. Crece, se extiende rápidamente. Es una especie de pandemia que deja víctimas como la violencia, la guerra y el paso despiadado de grupos al margen de la ley.
Se multiplica vertiginosamente, no tiene límites y desea el mal de manera permanente a quien se odia. Es necesario reprimirlo, acabarlo, pero no hay remedios veloces que lo erradiquen. Los llamados a apaciguar esos ánimos que destruyen no se escuchan con facilidad porque el odio enceguece. Tanto quien lo padece como las víctimas no dimensionan el daño: obsesiona, afecta el comportamiento, envenena los estados de ánimo y lesiona y disminuye el bienestar. “Debemos aprender a perdonar. Aquel exento del poder de perdonar, estará exento del poder de amar. Existe el bien en lo peor de nosotros y maldad en lo mejor de nosotros. Cuando descubrimos esto, somos menos propensos a odiar a nuestros enemigos”, decía con insistencia Martin Luther King Jr. Son preocupantes las razones por las que se odia en Colombia por su larga historia de conflicto. Hay un odio que nace de la violencia por la ferocidad de los hechos, por las vidas que quedan desprotegidas, por la impotencia y la rabia que produce la impunidad. La violencia intrafamiliar tiene a su cargo un porcentaje alto de odio por cerrarle la puerta al diálogo y usar métodos que dominan, someten, controlan y agreden. La violencia política y la polarización, porque la fija idea de odiar es visceral, descontrolada. El que genera la desigualdad económica y el resentimiento por el saqueo de los recursos públicos. Por prejuicios, por estigmatización, por todo. Marilyn Monroe se quejaba: "El éxito hace que la gente te odie. Desearía que no fuera de esta manera. Sería maravilloso disfrutar del éxito sin ver el odio en los ojos de los que te rodean". Hoy es fácil detectar esa descarga de rabia. Basta mirar las redes sociales cargadas de ese sentimiento nefasto. Ya no valen en ellas edad, dignidad y gobierno. Hay que desprestigiar de todas las formas al otro. Hoy, un nombramiento en un cargo público desata el horror. Se olvida por completo que en Colombia hay libertad de pensamiento y no existen delitos de sangre. Que para algunos han transcurrido décadas de esfuerzo, preparación, trabajo, persistencia y resistencia. A mucha gente le cae del cielo. Demeritar a los demás nos pone muy lejos de la convivencia pacífica y respetuosa. Odiar no vence obstáculos ni ayuda al perdón y la tranquilidad de conciencia. Qandeel Baloch, modelo, actriz y activista pakistaní, una de las diez personas más buscadas en 2016, fue asesinada por sus hermanos por un delito de honor. Ella dejó una reflexión inolvidable: "Me ames o me odies, ambas cosas son a mi favor. Si me amas, siempre estaré en tu corazón, y si me odias, siempre estaré en tu mente".