
Como agua de tinaja

La tinaja, un recipiente ancestral, ofrece frescura y gozo al beber su agua. Esencial vínculo con la naturaleza, guarda la memoria del líquido vital, evocando serenidad y equilibrio.
Por José Arturo Ealo Gaviria Si hay algo que da frescura y gozo, es el poder reconfortante al beber agua de una tinaja. Sabor a vida desbordada. Ancestral. Vínculo directo con la naturaleza. Agua contenida en prisma. Depósito del preciado líquido privado de residuos. Permite su frescura. Sabroso. Seguro de su función, nada tan simple: ¡vital! La mayor recompensa es un rostro de dicha, de satisfacción sorbo a sorbo, y más, en días calurosos. Pequeña fontana del campo con piel de barro. ¡Ah vida tranquila, fresca y satisfecha que brinda una tinaja! El campo ondulado, ancho, luminoso y líquido abocado en arcilla a manera de botija. Sustento llevado por los aguateros en "jolones" o serones claros de los burros. La salud en risas, el día en trabajos y la noche en cuentos... Una tinaja respira con su vientre líquido. Es génesis de espejo silencioso que guarda al cielo en mareas cenitales. Suena el yunque del barro poderoso, un abrazo suave de la naturaleza en su grato silencio. En esa quietud se escucha el latido de la tierra. Vientre hinchado con el color del hierro, bebedero de secretos, guardián de la memoria del agua. Danza de luces y sombras con un serenísimo vals nocturno. Su expresión evoca la sensación de la tierra, su textura, su olor. Su relación con la creación y la fragilidad. Como agua de tinaja no hay más que sabor a serenidad, a equilibrio. Eco de la naturaleza, armonía líquida de sosiego, de luz hendida, de sombra a pedazos y astros escondidos bajo el jarrón de arcilla bentonita de volcán apagado. Abres la boca del barro y canta. Solo el agua le da forma a su lenguaje. Sus cortes se bifurcan para contenerse en márgenes de su memoria. Existe en todos los tiempos. De su intención surgen los colores de la tierra. En su cadencia diaria la arcilla responde asombrada. Hierven todos los riesgos del tacto, de la vista, del barro intervenido. El abrazo rojo le define. Obedece a una cosmogonía de estirpe y sensualidades ancestrales. Lleva fragmentos del primer tazón que fermentó el universo. Al mirarla por dentro se comprenden sus milagros. Pregona curvaturas de mil cuerpos. Es hecha de tierra, en el ojo del agua, piel donde hierven antiguos verbos. Promesa de barro antes de los dioses y la costilla que falta. Va en las manos. Alumbra lo que perdura. En el tiempo de los intentos en la tinaja, se puede expresar: "¡Esto… esto es agua!"