
Colombia y su protección fragmentada

En el marco de la Semana de Vacunación de las Américas y la Semana Mundial de la Inmunización, los discursos oficiales se vuelven predecibles: logros históricos, beneficios indiscutibles y llamados a la acción. Todo cierto, pero insuficiente.
El problema no es promulgar la importancia de las vacunas, es que no estamos logrando que lleguen de manera efectiva, homogénea y sostenida a quienes más las necesitan. El más reciente boletín de la Asociación Colombiana de Epidemiología -Asocepic- lo deja claro, pues Colombia no está alcanzando coberturas óptimas. En 2024, apenas una fracción de los biológicos supera el 90%, y varios siguen lejos del 95% requerido para garantizar inmunidad colectiva real. Pero el dato más crítico no es el promedio nacional, es la fragmentación. Hoy el país no tiene un sistema de vacunación sólido. Tiene islas de buen desempeño rodeadas de territorios con coberturas insuficientes. Municipios que cumplen metas conviven con otros que no logran niveles básicos. Esa heterogeneidad es el punto exacto donde se reabre la puerta a brotes. Ya está pasando en la región. El sarampión, el trazador más sensible de fallas en vacunación, está resurgiendo incluso en países que habían logrado su eliminación. No por falta de biológicos, sino por fallas en cobertura, confianza y continuidad. Colombia no es ajena a ese riesgo. No hay desabastecimiento relevante reportado, es decir, el problema no es que no haya vacunas. Tampoco es un problema de abandono, pues los niños que ingresan al programa, en su mayoría, completan esquemas. La falla está en la incapacidad del sistema, y del gobierno y de sus operadores, para identificar, captar y sostener a la población que nunca entra. El número de niños sin ninguna dosis ha aumentado, lo que refleja un fenómeno más estructural, la exclusión. Esa exclusión tiene geografía y contexto en zonas rurales dispersas, territorios de frontera, población migrante y flotante, comunidades con barreras históricas de acceso. Es ahí donde el modelo fracasa. Reducir esto a un problema del gobierno de turno es equivocado, es un fracaso acumulado del sistema de salud, que lleva años operando con debilidades en información, gestión territorial y gobernanza. Seguimos tomando decisiones con denominadores imprecisos y muy cambiantes, con registros incompletos y sin interoperabilidad real. Seguimos midiendo coberturas sin saber con precisión a quién estamos dejando por fuera. Y en ese vacío, los equipos básicos, que deberían ser la primera línea de resolución territorial, no están cumpliendo su función estratégica. La vacunación no se resuelve solo con jornadas. Sin identificación nominal robusta, sin análisis territorial fino y sin equipos capaces de intervenir activamente en los focos de riesgo, el sistema seguirá haciendo mucho, pero mal distribuido. En vacunación, hacerlo "bien en promedio" no es hacerlo realmente bien. Hay que asumir lo evidente: la cobertura sin homogeneidad es una ilusión de seguridad.