Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

Colombia: la mesa está servida

Yesica Castañeda Vásquez
Yesica Castañeda Vásquez
Columnista
6 de mayo de 2026

Hay momentos en los que un país debe mirarse al espejo con honestidad. Colombia está en uno de ellos, y esa conciencia colectiva —incómoda, necesaria— es el primer paso hacia cualquier transformación real.

La conversación pública, sin embargo, parece haber extraviado el norte. Los debates giran con frecuencia en torno a credenciales académicas y trayectorias personales: que si Claudia López estudió en Harvard, que si Sergio Fajardo acredita un doctorado de la University of Wisconsin–Madison. Méritos innegables, por supuesto. Pero la experiencia ha demostrado que la acumulación de títulos no garantiza la capacidad de traducir el conocimiento en bienestar ciudadano. Porque hay algo aún más curioso que los títulos: lo que hacen con ellos. Resulta que varios de nuestros políticos —con maestrías, doctorados y diplomaturas en no sé cuántas universidades del mundo— tienen tiempo para declarar públicamente que no le hablan a fulano porque es gay, que no se sientan con mengana porque es lesbiana, o que no negocian con zutano porque come tal cosa y no come tal otra. Con ese nivel de superficialidad, uno se pregunta: ¿para qué tanto posgrado, mijo? ¿Para aprender a dividir con más sofisticación? En Córdoba tenemos un dicho popular para eso: "mucho tigre y poca jaula". Mucho título enmarcado en la pared y poca capacidad de sentarse a resolver lo que le duele al pueblo. Mientras tanto, el espectáculo político —encarnado en figuras como Armando Benedetti— copa titulares y agota energías que deberían volcarse hacia lo urgente: el sistema de salud al borde del colapso, la inseguridad que sangra territorios enteros, la falta de oportunidades que expulsa a miles de colombianos de sus sueños. Colombia espera. Y esa espera tiene rostro y dirección postal. En regiones como Córdoba, la paradoja se vuelve cotidiana: fachadas que proyectan normalidad frente a interiores que acumulan necesidades silenciadas, frustraciones contenidas, el peso de sostener apariencias que nadie debería tener que sostener. La política no escapa a esa lógica: abundan los acuerdos en mesas cerradas, pero en la mesa de los cordobeses —y de millones de colombianos— siguen faltando respuestas. El liderazgo que convoque, que sume, que logre que la gente se reconozca en un propósito común, aún está por emerger con claridad. Lo que sobra, en cambio, es la disputa por el poder como fin en sí mismo: una contienda en la que lo esencial —la gente, su vida concreta, su dignidad— corre el riesgo de quedar al margen. El resultado es un país que se fragmenta, que se endurece en sus trincheras, que confunde el ruido con el debate y la polarización con la democracia. Y sin embargo —y esto es lo que no debe perderse de vista— Colombia ha demostrado una y otra vez que sabe levantarse. Que bajo la superficie de cada crisis hay una reserva de energía cívica que no figura en las encuestas: la de quienes trabajan, resisten, construyen desde lo cotidiano sin esperar reconocimiento ni cámara. Esa fuerza no entiende de discursos grandilocuentes. No vive en los auditorios ni en los foros de política pública. Vive en los mercados, en las veredas, en los salones de clase, en los emprendimientos que avanzan a pesar de todo. Por eso, más allá de las diferencias —que son legítimas y deben serlo en cualquier democracia sana—, este texto es un llamado sencillo pero urgente: a sentarse en la mesa. A dejar los egos en la puerta. A escucharse con la disposición real de cambiar de opinión. A entender que ningún país se construye desde la división permanente, que la paz no es un slogan sino una decisión que se toma cada día, y que la unidad no exige unanimidad: solo la voluntad de trabajar juntos por lo que es esencial. Colombia no necesita más ruido. Necesita propósito. La silla sigue vacía, es cierto. Pero la mesa está servida. Y todavía estamos a tiempo de sentarnos, de construir y de creer —otra vez— que este país puede ser mejor.