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Opinión

Colombia aún no aprende a educar su talento

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
12 de octubre de 2025

Colombia ha parido poetas, médicos, científicos y soñadores que han intentado, desde su trinchera, hacer del caos una forma de belleza.

Por Susana Viera Colombia ha parido poetas, médicos, científicos y soñadores que han intentado, desde su trinchera, hacer del caos una forma de belleza. Sin embargo, cuando se mencionan los Premios Nobel, la conversación se detiene. En nuestra historia, solo dos colombianos han sido reconocidos con el galardón más emblemático del mundo: Gabriel García Márquez, Nobel de Literatura en 1982, y Juan Manuel Santos, Nobel de Paz en 2016. El primero transformó la realidad latinoamericana en mito universal. El de Santos, un premio que dividió más que unió. Y tal vez algún día, cuando la paz deje de ser un galardón y se convierta en un hábito cotidiano, podamos decir que Colombia, por fin, ganó el premio más importante de todos: el de reconciliarse consigo misma. Imaginemos que los niños que escriben versos a orillas del Cauca tuvieran acceso a talleres literarios, imaginemos que el talento no tuviera que emigrar para florecer. Quizás el próximo Nobel colombiano ya nació, pero no sabrá que lo es, si no le damos el aula, la lectura y la oportunidad de florecer. El día que Colombia valore a sus científicos como valora a sus futbolistas, y a sus docentes como a sus políticos, quizá entonces no necesitemos el aval de Estocolmo para sentirnos dignos. El discurso oficial insiste en que la educación es la “base del desarrollo”, pero en la práctica, sigue siendo una carrera de obstáculos. El acceso desigual, la baja inversión en ciencia, la precariedad docente y la brecha digital han convertido el derecho a aprender en una lotería geográfica. Nacer en una ciudad o en una vereda define, muchas veces, el destino académico de una persona. Y esa desigualdad se disfraza de normalidad. Y seguimos actuando como individuos dispersos, no como una comunidad que protege el conocimiento, tal vez eso explique por qué no tenemos más Nobel. El filósofo Paulo Freire decía que “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Pero para que eso ocurra, hay que dejar de ver la educación como gasto y empezar a verla como acto de justicia. No se trata solo de enseñar a leer y escribir, sino de enseñar a pensar, sentir, disentir y crear. Una nación que subvalora la educación se condena al subdesarrollo emocional y político, y la ignorancia cuesta mucho más que cualquier presupuesto. Quizás el mayor error es pensar que educar es solo tarea del Estado. Educar es tarea de todos: familia, empresas, medios, gobiernos y ciudadanos. Cada vez que alguien desprecia el arte, la lectura o la ciencia, levanta un muro más alto entre la Colombia que somos y la que podríamos ser. NOTA: Tenemos que celebrar que el Nobel de Paz de este año se otorgara a María Corina Machado, sea un aliento para los venezolanos.