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Opinión

Colombia a la hora de la vigilia

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
30 de diciembre de 2025

Cerramos el año 2025 con el corazón en vilo y la conciencia despierta. No es una despedida festiva la que hoy nos convoca, sino un llamado sereno y profundo a la reflexión colectiva. Colombia atraviesa una hora de vigilia: esa en la que no se duerme por miedo, pero tampoco se grita por rabia; esa en la que se cuida la llama de la democracia para que no se apague entre decretos, discursos y distracciones.

Nuestro país es más grande que cualquier gobierno y más antiguo que cualquier proyecto personal de poder. Colombia no es un botín, ni una trinchera ideológica, ni un laboratorio de improvisaciones. Es una nación de gente trabajadora, de regiones que resisten, de familias que madrugan con la esperanza intacta, aunque la realidad insista en golpearles la puerta. Por ellos (por nosotros) este texto no es un reproche airado, sino una advertencia responsable. El 2026 se asoma como el año más crítico del actual gobierno. No solo por el calendario que se agota, sino por el clima político que se enrarece. Se escuchan ruidos de constituyente como quien sacude una caja de fósforos cerca de un bosque seco. Se habla de “refundaciones” mientras se debilitan las instituciones que deberían sostenernos. Se decretan figuras excepcionales (como una conmoción interior cuestionada por innecesaria e ilegal) en un país que necesita menos atajos y más Estado de Derecho. La pregunta que flota en el ambiente no debería existir, pero existe: ¿entregará el poder el presidente Gustavo Petro el 7 de agosto, como manda la Constitución? Que una democracia se vea obligada a formular esa duda ya es una señal de alarma. No por paranoia, sino por experiencia histórica: en América Latina, los liderazgos que confunden el mandato con la misión suelen tentar la cuerda de la legalidad hasta desgastarla. Este no es un llamado al miedo, sino a la responsabilidad cívica. Defender la democracia no es defender a un partido; es defender las reglas del juego para todos. Es exigir alternancia, respeto por la Constitución, independencia de poderes y límites claros al uso del poder. Es recordar que los presidentes pasan, pero las heridas institucionales quedan. Con sensibilidad social, también hay que decirlo: mientras el debate político se polariza, la realidad social duele. La seguridad se resiente en el campo y la ciudad; la economía aprieta a los más vulnerables; la confianza se erosiona. No se gobierna con consignas ni con enemigos imaginarios. Se gobierna con resultados, con diálogo real y con respeto por quienes piensan distinto. Colombia necesita bajar el volumen del insulto y subir el tono de la verdad. Necesita menos épica y más ética. Menos decretos excepcionales y más políticas públicas sostenibles. Menos promesas grandilocuentes y más soluciones concretas para la gente que no vive del discurso, sino del rebusque diario. A la ciudadanía le corresponde un papel indelegable. No basta con indignarse en redes ni con resignarse en silencio. Es tiempo de informarse, de participar, de exigir, de vigilar. De cuidar el voto, la palabra y la convivencia. De entender que la democracia no se defiende sola y que el silencio, a veces, también vota. Al despedir este 2025, no deseamos un 2026 fácil; deseamos un 2026 consciente. Que sea el año en que Colombia recuerde que su fortaleza está en la ley, no en la excepción; en las instituciones, no en los caudillos; en la ciudadanía activa, no en la obediencia ciega. Que el nuevo año nos encuentre firmes, unidos en la diversidad y decididos a cuidar y defender nuestro país. Colombia lo merece. Y la historia (esa juez implacable) nos lo va a exigir. Feliz y venturoso año nuevo y muchas Bendiciones para todos.