
Clase política cordobesa: una historia circular

En Córdoba, la política repite un ciclo: nuevos liderazgos surgen con votos y visibilidad, pero terminan en escándalos de corrupción. Andrés Calle, un ejemplo más.
Por José Armando Benítez Tuirán La historia de la mayoría de las nuevas casas políticas de Córdoba parece circular. Irrumpen en la escena local con nuevos liderazgos y aglutinando una cantidad importante de votos. Se convierten en la alternativa a la vieja clase dirigente. En poco tiempo van ganando visibilidad nacional y se erigen referentes de la política cordobesa. No obstante, al final terminan señalados, acusados, y en muchas ocasiones, condenados por actos de corrupción. Se vuelven una vergüenza para el pueblo que confió en ellos. El proceso 8 mil, el carrusel de la contratación en Bogotá, la parapolítica, el cartel de la educación, el cartel de la hemofilia, Odebrecht, el cartel de la toga, entre otros, han tenido siempre a dignidades de la política cordobesa, inmersas y protagonistas de tamaños escándalos. La corrupción al interior de la Ungr infortunadamente no fue la excepción. Nunca falta un político cordobés en medio de un escándalo de repartición de dineros robados al Estado. Andrés Calle llegó a la política de Córdoba a ser protagonista. No se puede negar que hizo una primera legislatura acertada. Se volvió la voz del San Jorge e hizo un buen trabajo legislativo por su departamento. Aunque el hecho que le impulsó a ganarse la admiración de sus coterráneos y del país entero, fue su enfrentamiento con la dirección del Partido Liberal, al punto de declararse en rebeldía y entregar las banderas de los rojos al entonces candidato Gustavo Petro. Esa valentía sumada a su trabajo parlamentario le valió la nominación y consiguiente elección como presidente de la Cámara de Representantes de Colombia. Pero como les ha ocurrido a tantas casas cordobesas como: Jattin, Elías, Manzur, Besayle, Lyons, De la Espriella, entre otras, el protagonismo nacional se les volvió desgracia. Hoy es una de las cabezas de turco de un entramado de corrupción que se gestó en la capital. Nuestra clase política no puede seguir siendo protagonista en cuanta repartija de dinero estatal o alianza clandestina se destapa en el país. No hay excusas. Córdoba merece respeto de quienes se convierten en sus dirigentes. Infortunadamente somos un pueblo sin memoria y carentes de capacidad para castigar en las urnas a los señalados, imputados, judicializados y hasta condenados por la justicia. Pues a la familia política afectada le basta con cambiar, en la siguiente elección, al condenado por algún familiar cercano, para conservar su representación en el Congreso. ¿Hasta cuándo?