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Opinión

Centros de investigación agrícola en el Caribe: ¿están conectados con el productor?

Luis Miguel Pico Pastrana
Luis Miguel Pico Pastrana
Columnista
31 de julio de 2025

En una finca del Bajo Sinú, un productor de yuca carga sobre su espalda años de conocimiento empírico, mientras observa con escepticismo un dron que sobrevuela sus cultivos. No es desconfianza, es distancia. Esa imagen –tan real como simbólica– representa una de las brechas estructurales más profundas del agro colombiano: la desconexión entre los centros de investigación agrícola y los agricultores, especialmente en regiones como el Caribe, donde la ciencia sigue siendo un visitante esporádico y no un aliado cotidiano.

La región Caribe concentra cerca del 23% de la superficie agrícola nacional, según cifras del Dane (2023), pero representa apenas una fracción de la inversión en ciencia aplicada al agro. De acuerdo con datos del MinCiencias, menos del 4% del presupuesto nacional en investigación agropecuaria se ejecuta en departamentos como Córdoba, Sucre, La Guajira o Bolívar. Este rezago no solo se mide en pesos, sino también en productividad, adaptación tecnológica y capacidad de transformación productiva. Colombia cuenta con instituciones de investigación agropecuaria con trayectoria y capacidad —como Agrosavia, que integra y moderniza lo que fue Corpoica—, además de universidades públicas y privadas, y centros especializados como el Ciat, Cenipalma o Cenicafé. Sin embargo, en el Caribe, esa ciencia parece hablar un idioma distinto al del productor. La falta de articulación entre investigadores, actores del territorio y campesinos genera una cadena de desajustes: proyectos sin pertinencia local, resultados que no llegan a la finca, tecnologías sin apropiación social. Se investiga sin preguntar, se innova sin traducir, se publica sin transferir. Y mientras tanto, el campo sigue operando con técnicas de hace tres décadas. A esta desconexión se suma un desafío aún más urgente: el relevo generacional. Según el Censo Nacional Agropecuario (Dane, 2014), el 57% de los productores rurales tiene más de 50 años. En el Caribe, esta tendencia es incluso más pronunciada. La juventud rural observa el campo como un territorio del pasado, no del futuro. Sin embargo, la tecnología puede ser el puente para cambiar esa narrativa. Sistemas de información geográfica, sensores de humedad, biotecnología vegetal, trazabilidad digital o inteligencia artificial aplicada al clima ya no son futurismo: son herramientas reales que podrían revitalizar el agro si se integran con pertinencia. Por eso, urge una transformación profunda del rol de los centros de investigación. No basta con generar conocimiento; es indispensable que este se traduzca en soluciones accesibles, y prácticas adaptadas a los territorios. El joven campesino no se quedará en el campo si ve pobreza y estancamiento. Pero si encuentra conectividad, tecnificación, rentabilidad e identidad territorial, el campo se transforma en posibilidad. En ese mismo sentido, el sector privado tiene un papel que no puede ser marginal. Las empresas agroindustriales, tecnológicas y logísticas deben asumir un rol más protagónico, no solo como financiadoras sino como co-creadoras de innovación. Las alianzas público-privadas bien estructuradas pueden generar un salto cualitativo: financiar líneas de investigación estratégicas, crear laboratorios vivos en territorios rurales, impulsar formación dual entre productores y científicos, y escalar soluciones tecnológicas de bajo costo y alto impacto. Un ejemplo concreto y reciente de esta articulación desde el sector privado es el desarrollo del Banco de Germoplasma de Coco del Caribe colombiano, promovido por actores empresariales como parte del naciente Ecosistema de Coco. Esta iniciativa busca conservar, caracterizar y multiplicar las variedades locales y adaptadas de coco (clave para la seguridad genética, la adaptación climática y el desarrollo agroindustrial del cultivo), posicionando al Caribe como un nodo estratégico en ciencia y transformación productiva. Es una muestra de cómo la iniciativa empresarial puede llenar vacíos institucionales y activar procesos de largo aliento con visión científica y territorial. Ya existen también otras experiencias inspiradoras. El Centro de Innovación de la Palma en Tumaco, la experiencia de Procaña en el Valle del Cauca, o los modelos asociativos de cacao en Montes de María, demuestran que la articulación multisectorial puede producir resultados concretos. ¿Por qué no pensar en un modelo similar para el Caribe? Un hub agrotecnológico en Cereté, Sincelejo o Valledupar que funcione como nodo de transferencia, capacitación y articulación sería una semilla poderosa en este ecosistema fragmentado. En últimas, Colombia necesita rediseñar su arquitectura institucional en ciencia agrícola. La investigación no puede seguir siendo un fin en sí mismo: debe ser un puente entre el conocimiento y la transformación productiva. Eso implica revisar prioridades presupuestales, crear incentivos específicos para I+D territorial, descentralizar recursos, y sobre todo, cultivar una nueva cultura institucional que vea al productor no como un usuario final, sino como un socio estratégico. No es una tarea menor, pero sí urgente. La ciencia no transformará el agro colombiano si no pisa sus surcos, si no se arraiga en el territorio, si no dialoga con el saber popular. Tenemos conocimiento, talento y ejemplos exitosos. Lo que falta es voluntad de conexión. Porque el conocimiento que no se comparte se marchita. Y el campo colombiano (especialmente el Caribe, donde todo florece cuando se le da oportunidad) no puede seguir esperando que la ciencia toque su puerta. Es momento de abrirla, juntos.