
"Catrinos", versión premium

En tiempos no muy lejanos se acuñó en nuestro entorno el término "catrino" para denominar a ciertas personas que, fueran o no periodistas, fungían como tales y cobraban por expresarse —bien o mal— sobre alguna organización o persona a través de espacios informativos o redes sociales.
Estos personajes aún deambulan por ahí. Prácticamente están todos identificados y han perdido lo que debería ser el valor más preciado de cualquier comunicador: la credibilidad de su audiencia. Sin embargo, aunque se crea que el oficio de "catrino" está en su ocaso y que con ello desaparecen las prácticas malsanas del periodismo, nada más alejado de la realidad. Al contrario, su accionar queda en pañales frente al sofisticado y bien estructurado sistema que, de acuerdo con revelaciones de Digital News Association, ha implementado la Rusia de Putin para manipular la información en ocho países de América Latina —entre ellos Colombia— e influir mediante narrativas que favorecen sus intereses ideológicos y laceran a sus contradictores. Según el reporte, el gobierno ruso no ha escatimado en recursos: ha entrenado y financiado a más de mil periodistas e "influencers" latinoamericanos para difundir desinformación y lograr que la opinión pública empatice con su causa. Las tácticas, señalan las informaciones, incluyen la manipulación emocional de contenidos, la selección sesgada de hechos, la inserción de teorías conspirativas en el imaginario colectivo, las falsas equivalencias y la amplificación de los extremos, reforzando discursos "antiimperialistas" y "anticoloniales2 en la región. El presidente argentino, Javier Milei, ha sido uno de los más afectados por este entramado. En ese país fueron identificados —con nombres propios— influencers, medios y comunicadores que habrían recibido dinero a cambio de publicar información destinada a desprestigiarlo. La reacción de algunos fue eliminar los contenidos que los comprometían; ya se sabe: explicación no pedida, culpabilidad manifiesta. Entonces, ¿a quién creerle? ¿Qué informaciones son ciertas y cuáles no? Se pregunta la gente. Imagínese, querido lector, que informarse es como salir a comer a un restaurante: hay muchos —demasiados, diría yo—, pero uno no elige establecimientos donde duda de la calidad de sus preparaciones o sospecha que podrían servirle "gato por liebre". Haga el símil: no consuma información de cualquier medio que aparezca en redes, ni le crea a todo "influencer" que se hace pasar por periodista ciudadano. Así como una comida en mal estado enferma el estómago, una noticia manipulada enferma el pensamiento. Coordinadora Oficina de Fomento Editorial – Unisinú