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Opinión

Castigo vs. resocialización: ¿la dignidad humana?

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
15 de febrero de 2025

El auge de gobiernos punitivos redefine la justicia y los derechos humanos. El Salvador, con Bukele, ejemplifica un modelo centrado en castigo severo, planteando interrogantes sobre dignidad y límites legales.

Por Glenda K. Fuentes En un mundo que se presenta como moderno y democrático, los avances en derechos humanos han sido un pilar de la convivencia y el progreso social. Sin embargo, en la actualidad, estamos siendo testigos de la emergencia de nuevos modelos de gobierno que, aunque no necesariamente autoritarios, adoptan enfoques punitivos frente a la delincuencia y la justicia. Estos enfoques, en su mayoría fundamentados en el castigo severo, se han trasladado también a los sistemas penitenciarios, generando grandes interrogantes sobre el trato a los privados de libertad y, por ende, sobre la preservación de la dignidad humana. En países como El Salvador, estamos viendo un giro radical en las políticas de seguridad, lo cual tiene implicaciones directas en las prisiones y el trato de los reclusos. El gobierno salvadoreño, bajo el liderazgo de Nayib Bukele, ha implementado un modelo que se centra principalmente en la seguridad y la prevención del crimen. Las cárceles de alta seguridad, con mínimos vitales para los internos, y los centros de trabajo tecnificados, tienen como objetivo transformar la forma en que el sistema penitenciario se aborda. El régimen disciplinario que se implementa está diseñado para reforzar el control, la disciplina y la disuasión de la delincuencia. Sin embargo, estos enfoques, aunque eficaces en algunos aspectos para reducir los índices de criminalidad, también nos invitan a reflexionar sobre los límites de la justicia penal. ¿Hasta qué punto es válido erradicar la delincuencia a costa de la vulneración de los derechos humanos? ¿Y hasta qué nivel el castigo en sí mismo puede considerarse legítimo sin que se pierda de vista el respeto a la dignidad humana? Cuando hablamos de dignidad humana, nos referimos a ese principio fundamental que sostiene que todos los seres humanos deben ser tratados con respeto, justicia y igualdad. Esto, sin embargo, se pone en entredicho en sistemas penitenciarios donde las condiciones de los internos son extremadamente precarias. ¿Hasta qué punto podemos hablar de dignidad cuando las personas privadas se enfrentan a condiciones que afectan su salud física y mental, y les impiden acceder a servicios básicos como educación, atención médica o incluso el derecho a un trabajo digno? A medida que estos modelos se implementan a los ojos del derecho internacional humanitario, es inevitable preguntarse: ¿Qué está llevando a que vuelva a presentarse esta tendencia? ¿Es la sensación de inseguridad, el aumento de la criminalidad o un fracaso en los enfoques de rehabilitación los factores que empujan a los gobiernos hacia un modelo punitivo? En muchos países, los crecientes niveles de violencia y la imposibilidad de garantizar una convivencia pacífica ha llevado a tomar decisiones drásticas, apelando al castigo severo como respuesta para frenar el delito. Sin embargo, ¿es esta una respuesta legítima a los problemas del crimen, o más bien estamos ante un ciclo de control autoritario que pone en riesgo los derechos fundamentales?