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Opinión

Cartografía social y gobernanza en La Mojana

Manuel Cadrazco Martelo
Manuel Cadrazco Martelo
Columnista
17 de diciembre de 2025

Las inundaciones recurrentes y la falta de infraestructura en La Mojana no han sido únicamente consecuencia de la naturaleza, sino que son el resultado de una gobernanza fragmentada, donde las disputas internas entre ministerios, agencias y gobiernos locales prolongan el abandono.

Por Manuel Andrés Cadrazco Las inundaciones recurrentes y la falta de infraestructura en La Mojana no han sido únicamente consecuencia de la naturaleza, sino que son el resultado de una gobernanza fragmentada, donde las disputas internas entre ministerios, agencias y gobiernos locales prolongan el abandono. En este contexto, la cartografía social no debe entenderse como un ejercicio decorativo, sino como una herramienta técnica para integrar conocimiento comunitario en la planificación territorial. Los diagnósticos elaborados con participación ciudadana permiten identificar zonas críticas de riesgo, rutas de evacuación, áreas productivas y dinámicas sociales invisibles para el gobierno central, y deben tenerse en cuenta. La utilidad es doble: por un lado, generan insumos verificables para la gestión del riesgo; por otro, fortalecen la legitimidad de las decisiones al incorporar la experiencia de quienes habitan el territorio. Sin embargo, el problema no radica en la ausencia de metodologías, sino en la incapacidad del Estado para articularlas. El reciente panorama político muestra cómo los proyectos para mitigar el impacto de las inundaciones en La Mojana se ven atrapados en pugnas burocráticas. Ministerios y entidades enfrentadas, gobernadores que reclaman recursos y agencias que duplican funciones terminan por neutralizar cualquier avance. El “fuego amigo” dentro del gobierno, más que un desacuerdo técnico, se traduce en parálisis administrativa. La cartografía social, aplicada con rigor, podría ser un antídoto contra esa fragmentación. Al establecer un lenguaje común entre comunidades y técnicos, se reduce la discrecionalidad política y se obliga a priorizar intervenciones basadas en evidencia. Mapear colectivamente significa reconocer que los saberes locales sobre el río, los humedales y los ciclos de lluvia son tan relevantes como los modelos hidrológicos. Pero para que funcione, se requiere voluntad política: un compromiso de las instituciones de dejar de lado disputas internas y asumir que la coordinación es más urgente que la competencia. En conclusión, La Mojana no necesita más diagnósticos aislados ni promesas incumplidas. Necesita acuerdos sociales que traduzcan la experiencia comunitaria en planes de acción, y un gobierno capaz de escucharlos y ejecutarlos sin que las rivalidades internas bloqueen el proceso. Mientras las instituciones sigan enfrascadas en sus disputas, el territorio permanecerá atrapado en el círculo del olvido. La cartografía social es técnica, pero también política: sin unidad, seguirá siendo un ejercicio ineficiente. Muchas veces los proyectos de grandes e ingeniosos títulos terminan siendo poco útiles, o de poca ejecución, como vemos que está sucediendo actualmente.