Carta al gobernante
El cambio de mando trae consigo un ciclo de oportunidades y desafíos para gobernantes salientes y entrantes. Reflexiones sobre el poder, la memoria y las consecuencias de las decisiones.
Por Rodrigo Parada Querido gobernante En pocos días finaliza el período de los mandatarios salientes, quienes con regocijo y nostalgia dejan el lapicero a un lado con la convicción de haber logrado algo (para beneficio propio o ajeno, el tiempo lo dirá) y esperando gozar de unas merecidas vacaciones. A su vez, inicia el período de los mandatarios entrantes, que buscarán obtener el mayor reconocimiento en el menor tiempo posible. Para unos y para otros, hoy quiero dirigir estas líneas, con el firme propósito de que sirvan como guía para los días venideros. El poder para nombrar y contratar es temporal, pero las consecuencias son permanentes, al igual que lo serán el reproche y la insatisfacción de muchos ciudadanos, que cada que tengan la oportunidad lo harán saber en cualquier escenario y de forma descarnada. El gobernante que inicia es un “dotor” al que las puertas se le abren de par en par, y el que finaliza es un “señor” al que se las cierran sin mayor razón. Esto es lo que se denomina “la orfandad del poder”, una condición natural que cualquier líder experimenta cuando deja de ser valioso para sus subalternos. Con el pasar de los días, muchos teléfonos sonarán y pocos serán atendidos; múltiples serán las excusas y cualquier petición, por más simple que sea, será respondida con algo de desdén. Reza el viejo adagio: “con la vara que midas serás medido”. Tomar decisiones del pasado es tan fácil como solucionar un problema ya resuelto; cualquiera puede hacerlo sin mayores riesgos. Aún así, no faltará aquel que inicie y termine su mandato haciendo uso del “retrovisor del tiempo”, queriendo esconder su incapacidad y la de su equipo, pretendiendo hacer creer que los errores son ajenos y los triunfos son propios. ¿Y los “incondicionales”? Aquellos compañeros de batalla dispuestos a inmolarse por sus jefes, pero que al salir del gabinete se convierten en los más acérrimos contradictores; este es el verdadero dolor de cabeza. Dicen por ahí que “cuando se pelean las comadres, salen a relucir las verdades”. Cada quien busca lo suyo; la supervivencia humana que llaman. Así, pues, mis queridos gobernantes, no me queda más que recordarles que: la vida es como una Noria (o rueda de Chicago); un día subes y el otro bajas.