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Opinión

Caribe competitivo o Caribe estancado: el reto del agro en el siglo XXI

Luis Miguel Pico Pastrana
Luis Miguel Pico Pastrana
Columnista
24 de septiembre de 2025

En la columna anterior hablábamos de Agropolis Caribe, un modelo de polos agroindustriales que busca articular ciencia, producción y mercado. Pero surge la pregunta de fondo: ¿para qué queremos esos clústeres si no garantizamos competitividad? La respuesta es simple: sin productividad, valor agregado y articulación real, los nodos agroindustriales se quedan en planos y presentaciones, incapaces de transformar la vida rural.

El Caribe colombiano está en una encrucijada. Tenemos el 23 % del potencial agrícola de Colombia, biodiversidad tropical, proximidad a puertos y más de dos millones de hectáreas con aptitud agropecuaria (IGAC). Y, sin embargo, apenas aportamos el 7 % al PIB agropecuario nacional (DANE, 2023). Esa paradoja desnuda nuestra debilidad: tierra fértil, pero baja competitividad. Los ejemplos internacionales son contundentes. En Perú, el auge agroexportador se construyó sobre riego tecnificado, investigación aplicada y asociatividad. En México, la consolidación de corredores agroindustriales integrados con logística y transformación permitió posicionar al país como potencia agroexportadora. En ambos casos, la competitividad fue el verdadero motor. El Caribe, en contraste, sigue atrapado en bajos rendimientos, infraestructura deficiente y ausencia de políticas diferenciadas. Sin embargo, no todo es rezago. El Caribe también tiene historias de éxito que demuestran que sí es posible competir a nivel global. El caso del banano es quizás el más ilustrativo: empresas como Unibán, Dole y Fresh Del Monte han convertido la producción bananera del Magdalena y La Guajira en un referente de exportación que llega a Europa y Estados Unidos con estándares de calidad, trazabilidad y sostenibilidad. Esa cadena ha logrado integrar pequeños productores, gremios y multinacionales en torno a un producto con reconocimiento mundial. Otro ejemplo lo ofrece la palma de aceite. En departamentos como Magdalena y Cesar, compañías como Oleoflores o el Grupo Daabon han desarrollado modelos de agroindustria que combinan producción primaria, transformación y mercados internacionales. Daabon, incluso, ha sido pionero en certificaciones orgánicas y en la exportación de productos con valor agregado, mostrando que desde el Caribe se puede competir en las ligas más exigentes. Y comienzan a surgir nuevos brotes de competitividad. En Ayapel (Córdoba), la producción de mango se perfila como una industria creciente con potencial de transformar el municipio en un polo frutícola. Si se consolidan inversiones en logística, plantas de procesamiento y canales de comercialización, el mango podría ser para Ayapel lo que el banano fue para el Urabá antioqueño: una oportunidad de desarrollo territorial. Estos casos muestran que la competitividad no es un ideal abstracto, sino una construcción posible cuando confluyen cuatro factores: escala productiva, innovación tecnológica, articulación institucional y acceso a mercados. El problema es que son islas de éxito en medio de un mar de baja productividad. El reto es convertir esas experiencias en regla y no en excepción, asegurando que más productores y territorios entren en el mapa global de alimentos. ¿Qué nos falta entonces? En primer lugar, productividad: los rendimientos de cultivos como papaya, yuca o maíz en el Caribe están muy por debajo de los promedios latinoamericanos. En segundo lugar, infraestructura: apenas el 8 % de las áreas cultivadas cuentan con riego tecnificado (FAO), lo que hace que la agricultura dependa de lluvias cada vez más irregulares y costosos fletes internos. En tercer lugar, ciencia aplicada: Colombia invierte menos del 0,3 % del PIB en investigación y desarrollo agrícola (OCDE), una cifra irrisoria frente a las necesidades del campo. Finalmente, la fragmentación institucional: demasiados actores, poca coordinación y escasa visión regional. La salida está en construir verdaderos ecosistemas de competitividad agrícola. Esto significa poner la ciencia y la tecnología al servicio de los productores, acercando semillas adaptadas al cambio climático, bioinsumos y herramientas de agricultura de precisión que eleven la productividad sin deteriorar los recursos naturales. Pero la competitividad no se mide solo en toneladas producidas: requiere agroindustria y valor agregado. El Caribe no puede seguir exportando frutas en bruto mientras otros países se quedan con la rentabilidad de los jugos, pulpas, aceites y bioproductos. El salto de la producción primaria a la transformación es lo que marca la diferencia entre un campo empobrecido y un campo próspero. En este camino, las alianzas público-privadas son decisivas. Empresas tractoras deben integrar a pequeños productores en cadenas inclusivas, mientras universidades, gremios y gobiernos locales aportan investigación, formación y políticas de apoyo. Solo así la competitividad se convierte en un proyecto colectivo y no en un privilegio de unos pocos. A ello se suma el reto del capital humano. El relevo generacional rural pasa por ofrecer a los jóvenes oportunidades reales de formación con enfoque STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas— aplicadas a la agricultura. Incorporar drones, sensores, softwares de trazabilidad o sistemas de riego inteligentes hará que el campo deje de verse como una condena y comience a proyectarse como una opción de vida digna y moderna. Finalmente, la competitividad exige políticas diferenciadas. No se puede aplicar la misma receta a todo el Caribe: las dinámicas del arroz en Sucre no son las mismas de la palma en el Magdalena, ni las del mango en Córdoba. La región necesita políticas diseñadas a la medida de sus territorios y cadenas productivas, capaces de reconocer su diversidad y potenciarla como una ventaja estratégica. El Caribe tiene la ventaja de que ya conoce la ruta: el banano y la palma demostraron que sí se puede competir en la arena global. Ahora necesitamos multiplicar esas experiencias en frutas tropicales, en el coco, en el marañón y en nuevas cadenas agroindustriales que aún esperan ser desarrolladas. La competitividad es, en últimas, el alma de Agropolis Caribe. Sin ella, los clústeres serán cascarones vacíos; con ella, podrán convertirse en motores de transformación regional. La decisión es nuestra: Caribe competitivo o Caribe estancado. El siglo XXI no esperará a que resolvamos nuestras dudas.