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Opinión

Cándido Osuna

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
6 de agosto de 2023

El ministro de Justicia propone negociar con atracadores, desatando debate sobre justicia restaurativa. ¿Ingenuidad o un nuevo enfoque? El autor analiza el impacto de esta medida.

Por Álvaro Bustos González* Desde que el ministro de justicia, Néstor Osuna, lleno de pergaminos jurídicos y un lenguaje melifluo, habló de la posibilidad de negociar con el atracador el valor del celular hurtado y las cuotas en las que el malhechor resarciría el raponazo, muchos nos quedamos pensando en el infinito espectro de la ingenuidad, mientras otros, llevados por las corrientes progresistas y algunas doctrinas "avanzadas" del Derecho, cavilaban sobre la esencia de la justicia restaurativa y la resocialización del delincuente. Habían quedado atrás las teorías de la mente criminal y de la eficacia del castigo. Al malhechor de nuestros días hay que tratarlo con guante de seda y, como lo estamos viendo, eventualmente nombrarlo "gestor de paz". No mirar el delito como lo que es, un acto tipificado por motivos repudiables, es algo candoroso. Su justificación, confiriéndole un carácter altruista o alimentario, como si la violencia tuviera una connotación política o gastronómica, es una actitud misérrima que convierte al hombre en un pobre diablo, hijo de sus peores obcecaciones ideológicas o de sus pulsiones más tenebrosas, aunque éstas sean revestidas de cierto romanticismo sangriento y de un impúdico desprecio por el bien ajeno y, en muchas ocasiones, por la vida ajena. El propósito de humanizar las cárceles sacando de ellas a peligrosos maleantes para que en la calle reflexionen y alejen su espíritu de la pólvora y las oscuras intenciones, desconoce la existencia de la mente malvada que se nutre del crimen y no puede vivir sin él. Una cosa es el error, propio de la condición humana, y otra el delito, que es producto de un cálculo y de la avidez por un beneficio innoble. Rogarle al forajido para que nos deje tranquilos, del mismo modo que pagarle al asesino para que no nos mate, es como elevar oraciones para que desde el más allá, por medio de una misericordia abstracta, nos lleguen la seguridad y la justicia. El caos en que se ha visto sumergida nuestra sociedad por décadas se debe al capricho recurrente de negociar la aplicación de la ley, al error de creer que el "diálogo" lo merece más el infractor que el ciudadano sin tacha, a la torpe idea de que el mal no existe en estado puro y a que, después del perdón implícito en la "paz estable y duradera", brillaría para nosotros la luz perpetua. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.