
Cambios de gabinete

Un mandatario elegido por votación popular, en principio, debe designar su equipo de gobierno para el mismo período de su administración y coherente con el programa escogido por la mayoría de los electores, con ministros, secretarios, asesores, directores y todos los cargos de libre nombramiento y remoción, desempeñados por personas con conocimiento y experiencia en el desempeño de la misión encomendada, garantizando así, idoneidad, eficiencia y buenos resultados en la gestión.
Pedir esto es demasiado; difícil de entender e imposible de aplicar por cuanto la política que está al mando de quienes la han ejercido en nuestro país y particularmente en la Costa y Córdoba, tiene otros alcances y forma de ver las cosas, que no sea repartir burocráticamente los puestos por cuotas de partidos o grupos que apuestan bajo condiciones, el apoyo a candidatos con el compromiso de los cargos y los contratos para recuperar la “inversión”. Las consecuencias de este proceder se miden en baja prestación de servicios, por la imposición de medidas que frenan los procesos administrativos, confundiendo el ejercicio del poder con excesos de auditorías o la negativa a toda iniciativa que no venga del mandatario, reduciendo a su mínima expresión los alcances de su equipo de gobierno, punto que se ha demostrado como un mal endémico por cuanto se creía que era solo de los partidos tradicionales. En efecto, el actual mandatario presidencial ha sido campeón en ejercer el gobierno con la mayor exclusión del conocimiento y experiencia, sabiduría, de quienes han contribuido desde diferentes ángulos, con el desarrollo nacional pasando por encima de lo más elemental que es la educación, para ejercer de manera burda, ordinaria, cantinflesca, la conducción de una sociedad con un elevado costo que llevará muchos años reconstruir, porque una cosecha se da fácilmente, pero una mentalidad, es asunto de generaciones. Esto prueba que los extremos excluyen, separan, maltratan, y claro, quien siente, es el que recibe el latigazo, porque en lo local y regional, los cambios de gabinete están a la orden del día y antes de que una persona adquiera algo de experticia en el desempeño del puesto de trabajo al que llegó, como cuota, o del círculo cercano del gobernante, sobreviene el fuero pide renuncias, generando un reacomodo por algún tiempo y así, de forma recurrente hasta el final del gobierno. Este es un asunto que se ha normalizado y que la sociedad tolera y no se decide a superar por las vías institucionales, preparando y formando a la gente para que ella misma se de los cambios requeridos, y haga de la política un estilo de vida elegante, decente e incluyente y no las rutinarias crisis de gabinete por un lado y las protestas con bloqueos de vías y tomas por el otro, con un trasfondo económico que hace juego con lo tradicional de la política pública.