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Opinión

Cambio de opinión

Fernando Negrete Montes
Fernando Negrete Montes
Columnista
18 de junio de 2026

Álvaro Gómez Hurtado fue conocido por sus posiciones de "derecha", con un discurso conservador típico, el cual empezó a cambiar en 1978 cuando habló de la necesidad de revisar el enfoque de la prohibición de las drogas y advirtió que sus efectos serían devastadores para el país, al consumir al Estado, las autoridades judiciales, la policía y la economía, proponiendo atacar el negocio y no solo el consumo.

En la Constituyente de 1991, cambió el tono de confrontación por uno de consenso. Propuso un "acuerdo sobre lo fundamental" donde derecha e izquierda se pusieran de acuerdo en 5 bases: instituciones, democracia, familia, propiedad privada y seguridad y algo interesante para aquellos tiempos: decía que las categorías izquierda/derecha eran "un simplismo, una obsolescencia ideológica". Desde que se hizo evidente la financiación del Cartel de Cali en la campaña de Ernesto Samper, cambió su discurso y empezó a hablar de "El Régimen", como una red de corrupción, clientelismo y tráfico de influencias que había podrido a los partidos tradicionales, situación que lo llevó a responder que esas posiciones se debían a que “había cambiado de opinión”. Digno ejemplo de una mente abierta que se va “adecuando” a los cambios que ocurren en la realidad y que prepara el pensamiento para "atacar" los problemas con conocimiento de causa, contrario al dogmatismo que defiende a ultranza posiciones dañinas, hasta el punto de acabar con la vida de personas que no están de acuerdo con su visión restringida del mundo. Este conflicto se ha manifestado en el actual debate electoral colombiano para elegir al nuevo presidente de la República, y que en el plano internacional se ha mostrado como una reacción al ejercicio del poder por las llamadas izquierdas que, con un lenguaje precedido de la acción violenta, fungían como la tabla de salvación para acabar con la pobreza y atraso de los pueblos, pero que la realidad ha mostrado como un fracaso. El sistema democrático establece que el monopolio de la fuerza es del Estado, resultando una violación el uso de esta por otros actores que no tienen la autorización de la población a través del voto, para que los represente en sus acciones, de donde también es inconstitucional y contra los electores, el desconocimiento de la voluntad popular expresada en las urnas. En contrario, el ejercicio del poder por el nuevo gobierno debe estar acompañado del cumplimiento de lo votado en campaña por parte de los "nunca", que reclaman también que "los de siempre", no vuelvan a hacer uso del poder y seguir con el régimen de corrupción, clientelismo y tráfico de influencias que los ha caracterizado. El cambio de opinión es la ruta para alcanzar esos objetivos.