
Bueno o perfecto

Una paciente se disculpa al llegar puntual a terapia, revelando un miedo al fracaso que la paraliza. La perfección, su mayor enemigo, le impide vivir plenamente.
Por Olga Hernández Bustamante Lo primero que me dijo cuando abrí la puerta del consultorio fue: "Perdóname, por favor". Seguramente mi cara mostró algo de confusión porque me dijo: "Es que quería llegar a tiempo". Mirando el reloj le contesté: Son las 4:00, llegaste muuuy a tiempo. A lo que ella me respondió: "Yo tenía como meta llegar 10 minutos antes, entonces para mi, no llegué a tiempo". Ese fue el abrebocas. De ahí en adelante su historia estaba plagada de escenas donde siempre quedaba con la sensación de estar en deuda. Nunca esa idea de que lo perfecto es enemigo de lo bueno tuvo tanto sentido. Sentada, mirando la hoja de papel en blanco sin animarse a dibujar por el temor de que al final el dibujo quedara mal, quien sabe bajo qué criterios y entonces no le gustara. Es decir, tenía su propia forma de hacerse, antes de vivir la experiencia, su propia evaluación negativa y se abstenía de actuar evitando nada más ni nada menos que a sí misma. Evitaba su propia mirada evaluadora y ahogaba la evaluación condenándose a la inacción. En contraste, si se decidía y actuaba, terminaba haciéndolo a un ritmo tan lento que desesperaba a los demás e incluso a sí misma, regaños y burlas externas quedaban a la orden del día. Ejemplos tras ejemplos vivos de una persona que dejaba de vivir por miedo a no vivir plenamente. Una vida así tiene el permanente sabor de una vida incompleta. El temor de hacer algo mal hace preferir mejor no hacer nada. Estaba tan acostumbrada a mirarse de forma negativa, como la lenta, como la ansiosa, la insegura o la nerviosa que una mirada compasiva hacia sí misma tenía que ser la primera tarea. Un verdadero ejercicio de reconciliación con ella misma que le permitiera dejar de castigarse y tratarse mal por ser la que había sido, por nunca terminar nada, por no ser capaz de hacer las cosas perfectas. Una mirada compasiva hacia aquella que había recibido siempre una mirada endurecida cuando se veía al espejo. Comprender y abrazar en ella misma lo difícil y desgastante de ser esa persona que se quedaba mirando las cosas por horas sin atreverse a avanzar. Su afán era dejar de lado su ansiedad y poder hacer las cosas más rápido y sin miedo. Pero antes debía reconocer su dolor por su dureza con ella misma. El reconocimiento de ese desgaste tenía que ser el terreno fértil para comprender la intención tras ese enlentecerse, la ganancia de nunca terminar nada. Ella necesitaba dejar de abrir puertas disculpándose antes de equivocarse.