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Opinión

Breve historia

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
5 de noviembre de 2023

La revolución bolchevique, el comunismo y regímenes como el de Fidel Castro marcaron un siglo de tiranía. Hoy, Colombia enfrenta un gobierno que repite errores del pasado.

Por Álvaro Bustos González Todo comenzó hace más de cien años, cuando triunfó la revolución bolchevique en Rusia y se configuró la Unión Soviética. Por aquellos días un fantasma, el comunismo, empezó a recorrer el mundo. Aparecía una nueva religión, y sus mesías, decididos a cambiar para siempre el destino de la humanidad, cultivaron la tiranía y el autoritarismo. De la matriz socialista surgieron también el nazismo y el fascismo, cuyo legado de guerra y muerte marcó de manera indeleble el trágico siglo XX. Treinta y cinco años después, con piel de cordero, Fidel Castro derrocó el régimen de Fulgencio Batista en Cuba. Entonces Latinoamérica se llenó de románticos ideológicos, incluyendo a sus más connotados intelectuales, y nuestras selvas y llanuras vieron crecer, con la pertinacia de la verdolaga, los ejércitos irregulares que, con los métodos criminales del Che Guevara, sembraron la desolación y el caos. "Todo dentro de la revolución, nada fuera de ella", proclamaba el dictador cubano, mientras músicos, poetas, escritores, campesinos y obreros se hermanaban en el delirio justiciero que, al tiempo, iba dejando un reguero incuantificable de asesinatos, extorsiones y secuestros en nombre del "pueblo". Luego llegó el adobo del narcotráfico, que todo lo pervierte, y, ante la indefensión de la gente, surgió la hidra paramilitar, hija genética de las guerrillas obstinadas. Algunos herederos de la demencia revolucionaria, advertidos de la imposibilidad de acceder al poder por las armas, se avinieron en distintas épocas a firmar acuerdos dudosos de paz, cuyos frutos no han sido tangibles, y se sometieron a las imperfecciones de la democracia en la búsqueda del poder. Las Farc, en sus primeras elecciones, sólo obtuvieron 50 mil votos: mil por cada año de latrocinios; y Gustavo Petro, después del tercer intento, a hombros de la juventud adoctrinada, la diversidad sexual, las etnias variopintas, los sindicatos y un "estallido social" sedicioso, muy bien orquestado, accedió finalmente al poder. Hoy, nuevamente, las ilusiones están marchitas. El presidente se dedicó a salvar a la humanidad del apocalipsis capitalista, a escribir compulsivamente mensajes insultantes y odiosos por su red social preferida, a manipular la verdad y la historia sin pudor, a desaparecer como un duende por días, a incumplir sin razones sus compromisos de gobernante y a llevar al gabinete ministerial a funcionarios inexpertos, con la cabeza llena de dogmas, comprometidos más con la difusión del populismo redentor que con resolver objetivamente los problemas. Y ahí están los resultados.