
Botero en la Piazza Della Signoria

Florencia rindió homenaje a Fernando Botero, consagrando su arte en la Piazza della Signoria, un hito sin precedentes para un artista vivo. Sus esculturas dialogaron con los maestros del Renacimiento.
Por Carlos Martínez Simahan Cuando a las 4:00 de la tarde, desde el centro de la Piazza della Signoria, miramos las esculturas monumentales de Botero alineadas en el Piazzale degli Uffizi, nos sobrevino una sensación indefinible de perennidad. Era apenas natural, porque los gigantes de bronce que nos circundaban estaban al lado del David, de Miguel Ángel; de Judith con la cabeza de Holofernes, de Donatello; del Perseo, de Cellini, del Rapto de las Sabinas, de Giambologna. Florencia le decía a Fernando Botero, has reabierto con tu corazón de artista las puertas del Quattrocento. Tú eres el gigante de nuestro tiempo. Tus compañeros te saludan. Esa es la dimensión del homenaje que la ciudad toscana le rindió a Fernando Botero, el máximo creador del siglo XX. Alguien escribió entonces: "La Ciudad museo está recomenzando a vivir…" un nuevo Renacimiento, agregaría. El centro de la cultura del mundo, la Piazza della Signoria, la Sala d'Arme di Palazzo Vecchio, Italia, la bella, todo eso fue el escenario magnífico que consagró para siempre al creador colombiano. ¡Nunca antes, ni después, un artista vivo ha expuesto sus obras en ese Sancta Santorum del arte universal! Llegó allí con sus pinceles, por entre las páginas de la historia del arte y de los artistas, que bien conocía. Asumió el Quattrocento en cuerpo y alma. Nunca improvisó, pero le gustaba jugar a lo improbable. Elaboró con audacia su lenguaje de formas y volúmenes. Por su consagración a las investigaciones del pasado pudo decir, en la ya clásica entrevista que le hiciera Ana María Escallón: "Yo nunca he realizado una pincelada que no esté autorizada por la historia del arte". Con esa tremenda manoletina, cortó oreja este apasionado por la tauromaquia. En la mañana de ese día de verano- 24. VI. 1999- al caminar con mi familia por los lugares que se abrirían a la exposición, nos encontramos al maestro Botero poniéndole los bigotes al Gato. Nos contó que años atrás había expuesto en el Forte Belvedere, impulsado por Gianni Mercatali, un amigo común, y que siempre había soñado hacerlo en la Piazza della Signoria, aunque jamás lo dijo. Si estuviéramos en el Renacimiento sería como estar hablando con Miguel Angel, le comenté a mis hijos. En su sonrisa, siempre pícara, se asomó la felicidad de la gloria conquistada. Como broche de oro de nuestras andanzas por Florencia, fuimos invitados a conocer el Corredor Vasariano, un pasadizo sobre el Arno que une el Palazzo Vecchio con el Palazzo Pitti. Fue construido por Vasari a petición de Cosme de Médici en 1565. Pocas veces abierto al público, es célebre por su colección de autorretratos que datan del siglo XVI. Recuerdo los de Fillippe Lippi, Rembrant y Rafael, con cara de niño-ángel. Regalo final: el único autorretrato de pintor vivo era el de Fernando Botero. Maestro, el adiós que le damos no es un adiós. Es un reencuentro melancólico con el hombre detrás de sus obras. Estas ya pertenecen, como su nombre, a la inmortalidad.