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Opinión

Bondad y tiempo

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
30 de julio de 2023

¿Qué nos define como humanos? Un ensayo de Jorge Luis Londoño explora esta pregunta, cuestionando si el alma, el cerebro, la conciencia o la efímera compasión son clave.

Por Álvaro Bustos González Al final de La letra, el número y la cosa, el último libro de Jorge Luis Londoño, hay un ensayo, El cerebro y la rosa, en el que el autor alude a un fascículo de la desaparecida revista Arcadia que indaga por aquello que nos hace humanos, y aparecen entonces varios interrogantes: ¿será el alma, el cerebro, la conciencia, el sexo, la moral o la mezquindad? Hoy, en plena época de humanización de los animales, es muy difícil discernir los límites y los contenidos de lo estrictamente humano. Si los ríos y los bosques son personas con derechos, queda igualmente complicado adivinar los deberes de la naturaleza, al menos para concederle una categoría moral que sirva para juzgarla cuando, en determinados momentos, subordinada a la lluvia y las tormentas, se sale de madre y ahoga el parsimonioso devenir de la vida. ¿Podríamos asumir que el alma es una noción inherente a los hombres y los animales, y que esa circunstancia es suficiente para explicar la humanidad de ambas especies? No lo sé. Más como un subterfugio literario que como una realidad científica, hemos convenido en que el alma es la parte invisible de la biología. Pero esto no parece desvelar tampoco el enigma de lo humano. ¿Podrá hacerlo el cerebro con sus reacciones fisicoquímicas que aletean como mariposas, o la conciencia, ese rasgo del carácter que sorprende muchas veces por sus inexplicables ambivalencias? Tampoco lo sé. ¿Será el sexo, "ese abismo de la razón" que suele confundirse con el amor, siendo que sólo es su raíz, al decir de Octavio Paz? Vaya usted a saberlo. Lo cierto es que Virgilio, el poeta romano de la antigüedad, estuvo a punto de dar con anticipación una respuesta convincente: tal vez somos humanos porque somos efímeros. Y aquí entra en juego el tiempo, "esa faceta móvil de la eternidad" que, de la mano de los filósofos Griegos que consideraron que la mayor de las virtudes humanas es la bondad, bien podría ayudarnos a dilucidar, con la fusión del día y la noche, que el perfil humano de nuestra fugacidad radica, primordialmente, en los sentimientos de compasión y ternura que seamos capaces de albergar. No se ve cómo la mezquindad o la violencia puedan alcanzar una categoría humana. Quizá sean tan sólo una de sus putrefactas excrecencias. Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.