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Opinión

Boceto a una cama de lona

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
14 de julio de 2025

¿Es una cama? ¡No! ¿Un catre? ¡Tampoco! ¿Es un camastro? ¡Menos! ¡No, es la cama de viento, la cama de tijeras o la renombrada cama de lona! Agradable mueble funcional y rústico de habitación para brindarle descanso al cuerpo. ¡Hombe, cómo no! "Es justo y necesario".

Se siente abordar y viajar en un efecto de embeleso o de placenteras sensaciones sobre un lienzo horizontal. Está hecha de cuatro patas formadas por dos maderos cruzados en forma de X (equis), ejerciendo el movimiento en alternancia de apertura y cierre (similar al movimiento de las hojas de la tijera), un par de tornillos en medio de cada una, el bastidor de madera, lona, piezas de cartones con sus tachuelas y largas filas de madera para reforzar la seguridad de dicha tela que proviene, bien sea de fibras naturales como algodón, lino o cáñamo. Se abría y plegaba con fácil maniobrabilidad. No ocupaba espacio. Se recostaba ahí, en una pared. Más que para una siesta de esas después de mediodía o dormir en calzoncillos bajo las estrellas, "espaturrao" en esas noches serenitas de verano, las camas de lona eran para el atardecer, para la noche y un toldo por sí acaso. Ellas duraban hasta el momento que, ¡cataplum!... "¡pum!", se escuchaba el totazo de alguien probando si el suelo era duro. La lona había dado de sí. Regularmente se volvía a colocar. Regresaba a estar en uso hasta el día que también las patas se vencían y el bastidor también acababa tronchándose. Siempre fueron la novedad. Se reparaban en una carpintería. Ir por ellas era sentir de nuevo que los pies se desprendían del suelo, se flotaba y sobrevolaba en ese mar de frescura que difundía la lona extendida en el patio, en un cuarto ventilado de la casa o a lo largo en una de esas paredes que emanaban frescor. Entonces, ese tipo de vehículo individual, sencillo y ligero, le llegó fecha de dar un "¡zas!" Seguramente fue aislado a un cuchitril. No volví a soñar con las estrellas en la cara. Dejó de haber guayabas, mangos, nísperos, cocoteros y las margaritas en el callejón. Cegaron el pozo de saltar agua. Recostarse en ese lecho embrionario, era próximo aterrizar al destino del reposo. El asilo y el espacio justo de ensoñación. Por su confort, me abandonaba en un alojamiento temporal, en un ambiente de sueños y en una reflexión ahora: esbozarle desde el recuerdo.