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Opinión

Beethoven o un cántico a la libertad

Valmiro Sobrino Oliveros
Valmiro Sobrino Oliveros
Columnista
21 de febrero de 2025

La Novena Sinfonía de Beethoven, símbolo de libertad y obra maestra, fusiona música y coro con la "Oda a la Alegría" de Schiller. Un himno de la humanidad.

Por Valmiro Sobrino Oliveros Es la novena sinfonía en re menor de Ludwig Van Beethoven una de las obras musicales más sublimes de todos los tiempos. Escrita entre 1818 y 1824, en la época en que precisamente se cuecían en Europa las ideas del iluminismo que presagiaban el fin del absolutismo despótico y el triunfo de la Revolución Francesa; vale decir, de la libertad individual del hombre sobre el oscurantismo medieval. Es el amanecer de la burguesía como clase social; una clase nueva que irrumpe en la historia de la vida de "occidente" imponiendo, no tan solo su preeminencia sobre el poder del Estado y de la economía mundial, sino también sobre el arte, porque este es siempre el producto de las relaciones sociales de su tiempo como lo fue el arte religioso del medioevo. Johann Friedrich Schiller pertenecía a aquella época conocida como el clasicismo alemán que compartía con Goethe y había compuesto aquel maravilloso poema titulado "Oda a la Alegría" (1876), que después sería el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía. Era el esplendor del arte burgués y Schiller representaba en Alemania, entre muchos, la ideología perfecta de una nueva sociedad que se asomaba a la palestra de la historia con el peso y el poderío de sus ideas y sus acciones. La Oda a la Alegría es un canto casi místico a la libertad; la libertad del mundo occidental de la cual hoy somos herederos. Beethoven era antes que un músico, un genio; sí, de aquellos seres que la naturaleza por un acaso incomprensible del destino, los hace superiores en la oquedad del universo. Cuando la Sociedad Filarmónica de Londres le encargó a Beethoven la composición de la sinfonía, lo primero que pensó fue introducirle una parte que nunca había sido costumbre en las producciones clásicas de la música de su tiempo: un coro al final de la sinfonía y, para que todo fuese perfecto, escogió nada menos que el citado poema de Schiller. Es por eso que la novena sinfonía se llama también "La Coral". No fue fácil, primero porque era algo nuevo en la música clásica y además porque había que armonizar el coro cantado a voces con el resto de la obra. Beethoven lo logró y en ese momento salió gritando de su habitación: "¡Lo tengo, ya lo tengo!" "Déjenos cantar la obra del inmortal Schiller". Esta sinfonía maravillosa ha sido considerada como un símbolo y un himno a la libertad al punto que fue adaptada como el himno de la Unión Europea y, en el 2001, se inscribió en la Memoria del Mundo de la Unesco para que hiciera parte de la herencia espiritual de la humanidad.