
Aunque suene a cuento…

A los que nos tocó vivir unas décadas atrás, se nos dio la oportunidad de hacer verdaderos amigos en la infancia y adolescencia.
Por Olga Lucia Bustamante Madrid A los que nos tocó vivir unas décadas atrás, se nos dio la oportunidad de hacer verdaderos amigos en la infancia y adolescencia. De esos que se vuelven casi hermanos. Compartíamos tanto y de una manera tan natural y sincera, que creábamos unos lazos afectivos casi indisolubles. Donde la competencia era casi inexistente. Integrábamos los sentimientos, compartíamos gustos. Expresábamos lo que pensábamos de manera abierta. La casa de una era la de todos, hasta las, hermanos y hermanas, eran comprometidos con nuestro bienestar. Esto suena a cuento, pero así lo viví. Es por esto que hoy duele el manejo de este tema en muchos jóvenes. Amistades que solo se sostienen con memes, piropos en cadena que sobrepasan el mínimo respeto. Pérdida absoluta de individualidad y privacidad, burlas de mal gusto, se rifan o se turnan al amigo(a) con derechos. Las vidas y las personas convertidas en chiste. Lo que se desconoce no se valora. Y así experimentan muchos la vida, El tiempo no se detiene, pronto llega la adultez. Algunos con raíces fuertes que los hacen personas seguras, confiables y con deseos de despertar cada día para dar la batalla, disfrutar de lo cotidiano de la mano de la familia y de los amigos que siempre lo fueron. Otros, algunos, en su soledad, aquella que comenzó a nacer en la adolescencia cuando creían que la vida era un cuento pasajero, que todo se podía, que los demás eran tontos sí estudiaban, sí respetaba la norma y honraban su hogar y su familia. Pero la existencia tiene su manera de llamarnos la atención. Y nos da doble dosis de lo que menos nos gusta. Y nadie se escapa a esta ley. Porque todos, absolutamente todos, fuimos creados por y con el mismo amor. A todos nos aman por igual, nos exigen por igual, y nos esperan por igual. El objetivo es ‘CRECER’... sin importar cuántas vidas y tiempo necesitemos para entenderlo y para lograrlo. Creer que algo tan valioso como nuestra conducta e historia se pueden tratar y patear como un balón de futbol, es la ignorancia más grande y ridícula. Para crecer tenemos que aprender que hay momentos en que tenemos que podar las ramas que no darán frutos y que quitarán fuerza a los valores que debemos cultivar en nuestro caminar, aunque esto nos suene a cuentos de patio.