
Arte y bravura

No pudo ser mejor: seiscientos mil aficionados pasaron esta temporada por la plaza de Las Ventas durante la feria de San Isidro. En quince tardes apareció colgado el cartel de no hay billetes, y millones de aficionados de todo el mundo pudimos ver la transmisión completa de los festejos que hizo Telemadrid.
No pudo ser mejor: seiscientos mil aficionados pasaron esta temporada por la plaza de Las Ventas durante la feria de San Isidro. En quince tardes apareció colgado el cartel de no hay billetes, y millones de aficionados de todo el mundo pudimos ver la transmisión completa de los festejos que hizo Telemadrid. Ya no importa que nos prohíban las corridas, porque la tecnología nos permitirá continuar disfrutando de una fiesta llena de sensibilidad y amor por un animal mítico que encarna la vida y la muerte, y que nos recuerda los grandes valores de nuestra herencia cultural y nuestra propia finitud. Morante de la Puebla había logrado abrir la Puerta Grande días atrás cortándole una oreja a cada toro de Juan Pedro Domecq. Quienes lo vieron pudieron constatar que esa forma de lancear, y de torear con la muleta, con esa exquisitez pausada y lenta, sometiendo la embestida con un guante de seda, es algo sobrenatural. Ahí el tiempo se detiene. Solo se me ocurre pensar en la depresión que alejó a Morante de los ruedos durante un tiempo, cuando estuvo a punto de acabar con su vida, según su propia confesión, y recordar que el arte es lo único que puede salvarnos de las ignominias de la existencia, y a veces de las garras de la muerte. El domingo pasado, sin embargo, en el cierre de la temporada, en una corrida en memoria de Victorino Martín Andrés, el legendario paleto de Galapagar, con los toros de su ganadería, hoy en manos de su hijo y nietas, la bravura reapareció en su máximo esplendor. Una cosa es el llamado toro artista, noble y medido de fuerzas, obediente y con buen son, que permite un lucimiento estético, pero escaso de emociones, y otra el toro bravo de verdad, ese animal encastado que luce el alma de su raza con fijeza, prontitud, alegría y profundidad en la embestida, que hace crujir a los aficionados y levantarlos de sus asientos como extasiados por unos juegos pirotécnicos. Borja Jiménez había llegado vestido de verde oliva y plata, con el chaleco bordado en oro. No le había ido bien en su primero, en el que lució inseguro. El toro, muy en su sangre de Albaserrada, tenía dificultades. Pero cuando salió Milhijas, el último cárdeno, mostrando las palas y humillando por ambos pitones, se presagió algo grande. No digo más. Vean los videos por YouTube. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.