
Argentina campeón

Argentina celebra su victoria en el Mundial, priorizando el fútbol sobre la inflación. Messi lidera la gesta, reivindicando a una generación y regalando una historia de ensueño.
Por Rafael Negrete Quintero Hace unos cuantos días una encuesta había revelado en Argentina que el 89,3% de los encuestados prefería que el país ganara la copa del mundo a que se acabara la inflación. Un pensamiento parecido al que expresó en público la Ministra de Trabajo de aquel país cuando le preguntaron por la inflación: "Después seguimos trabajando con la inflación, pero primero que gane Argentina". ¿Quiénes somos para añadirles algo más a esas declaraciones? Tuvieron que pasar 36 años para que los argentinos volvieran a tener la copa del mundo en sus manos, otra vez, como en aquel entonces, de la mano del mejor jugador del planeta. La historia es cíclica. Merecida. Para un país que vive y respira fútbol, como la gran mayoría de latinoamericanos, es el final perfecto de una hermosa epopeya. Porque esa historia con su ídolo estuvo llena de altibajos. Maltrataron a Messi hace 8 años cuando en la final de la copa mundo de Brasil no pudieron con los alemanes. Luego, en 2016, el astro argentino renunció a la albiceleste tras caer por cuarta vez en una final con la camiseta de su país, mientras lo ganaba todo en el Barca. "Se terminó para mí la Selección. Es increíble, pero no se me da" dijo en aquel entonces. Y se iba y nos dejaba a muchos una amargura en el corazón. Pero volvió por lo que estaba destinado a ser suyo, a terminar esas historias que vale la pena contar. Porque tenían una tarea pendiente y la ha conseguido. No le queda nada ya. Lo ganó todo, el mejor del mundo. Un Latino. Emigrante, futbolista, talla baja. De esos que abundan en las barriadas suramericanas llenas de talento malogrado. Un zurdo con un don excepcional para jugar a la pelota. Para acariciarla y consentirla. Para hacer vibrar al mundo entero. Porque ese rugido que comenzó cerca del Obelisco, en Buenos Aires, antes del penal final del domingo, todavía no para. Porque no hay inflación que valga, al parecer, a la hora de celebrar los títulos más queridos, más esquivos. Lo de Lio es una historia de ensueño para quienes queremos al fútbol. Un lugar feliz para quién lo dio todo por alcanzarlo todo. No pudo haber final ni rival más digno de esta gesta. A la nueva promesa que despunta le tocó darle paso, esta vez, a la leyenda en trance de retiro. A la reivindicación de todos los treintones, cuarentones y cincuentones que enfrentan con gallardía en cada partido los bríos de la juventud. A quienes ven en el fútbol un deporte hermoso por la belleza de su imprevisión. No nos queda más que agradecer haber visto esta proeza. Felicitaciones a los campeones, celebramos de verdad.