Andamos mal
La intolerancia, un virus social, siembra violencia en Sincelejo, Colombia, con altas tasas de homicidios y desempleo. El machismo y la violencia intrafamiliar agravan la situación.
Por Alexander Marimon La intolerancia parece ser un virus que infecta el tejido social y siembra discordia, dolor y división a su paso. Esta actitud destructiva, no solo es un obstáculo para el progreso y la armonía, sino que también engendra las condiciones que propician conductas grupalmente autodestructivas. Lamentablemente, en Sincelejo tenemos una larga historia de intolerancia y de falta de cultura ciudadana que, para los sincelejanos, es un secreto que nos ha mantenido, vergonzosamente, en los primeros lugares entre las regiones más violentas del país, según lo manifestó el presidente Petro, con índices de homicidios del año anterior que sobrepasó los casi quinientos. Sincelejo, por ejemplo, es una ciudad con mayor riqueza, pero con una tasa de desempleo alarmante que, según las estadísticas, está en un 47 por ciento, indicador de un fenómeno en crecimiento, como lo están también las cifras de homicidios, lesiones personales, accidentes en motocicletas, extorsiones a comerciantes y a ciudadanos en general, lo que demuestra que somos cada vez más agresivos, intolerantes y violentos. En el fondo de todo esto persiste el machismo, como manifestación flagrante de intolerancia de género, oponiéndose así, por medio de la fuerza bruta, al avance de la igualdad y el respeto mutuo y relegando a las mujeres a papeles subordinados y a violencia física, emocional y psicológica. Qué decir de la violencia intrafamiliar, si los hogares, que deberían ser refugios de amor y protección, se convierten en campos de batalla, igual al de algunos barrios de Sincelejo con sus pandillas juveniles enfrentándose casi que todos los fines de semana. Debemos hacer un esfuerzo para crear las condiciones necesarias que permitan erradicar la intolerancia, la violencia, la exclusión, el maltrato y la decadencia de nuestra cultura social. Debemos promover decididamente la educación en valores de tolerancia, respeto y compasión desde la primera infancia, fomentando así una cultura de convivencia pacífica y entendimiento mutuo. Solo así podremos construir una región en la que cada individuo sea valorado por lo que es, donde la diversidad sea celebrada y donde la intolerancia sea relegada al oscuro rincón del olvido. Es hora de alzar la voz contra todas las formas de violencia en las relaciones humanas y construir juntos un futuro más justo y humano para todos.