
Amor, más que un sentimiento un derecho

El vínculo entre padres e hijos es inquebrantable, pero ¿es suficiente la protección sin amor? Los derechos infantiles requieren cuidado, pero también afecto y tiempo de calidad.
Glenda Karina Fuentes Dijo Gabriel García Márquez que: “Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre”, no pudo describir mejor ese lazo indestructible que siempre existirá entre padres e hijos. Sin embargo, no todos los niños han encontrado una mano a la que apretar o tal vez algunas manos han olvidado ese momento por distintas circunstancias de la vida. Lo que ha hecho a lo largo de la historia que se busquen mecanismos para garantizar su protección. Los derechos de los niños/as y adolescentes se encuentran en la Convención aprobada el 29 de noviembre de 1989, en la que se reconoció la diferencia que existe entre personas menores de 18 años y adultos, determinando que los primeros requieren una atención y cuidado especial. Esa dependencia no indica que los niños le pertenezcan a los padres, que estén a la espera de gestos de caridad o que estén en deuda con estos, si no que tienen sus propios derechos, que son vulnerables y requieren de quien los guie y proteja. Pero, nada se estipula del amor. ¿Cuán importante es el amor? ¿debería ser un derecho ser amado? ¿debería haber un número mínimo de caricias y abrazos estipuladas? ¿debería existir una guía para hacerlo? O ¿simplemente basta con brindar protección y cuidado?. No existe un manual para ser padre, tampoco parámetros para determinar lo que es ser bueno o no, porque no hay una regla general para ello. Pero, si es necesario buscar el equilibrio en lo que se considera el cuidado, la crianza y la protección y la forma en como hacerlo. Dicen los jardineros que las plantas sienten y escuchan, que entre más les hablen, las acaricien y les den cuidado ellas crecen sanas, fuertes y lindas, si esto pasa con las plantas imaginemos que pasaría con los niños. Los niños cuentan con un encanto nato con el que buscan siempre hacer su voluntad, algunas veces con su gracia, otras con sus ocurrencias y un sinfín con su llanto, este último suele irritar y a veces nos expone a la mirada cuestionadora de quienes consideran que es mal educado aquel que llora, pues se espera que este que apenas está en proceso de aprendizaje pueda controlar las emociones, que incluso los adultos no sabemos como manejar. Se pide y se pide que tengamos adultos miniatura que se encuentren satisfechos con padres que trabajan para darles lo mejor materialmente, dejando de lado que lo que más necesitan es nuestro tiempo de calidad, una mirada atenta, unos oídos dispuestos a escuchar, unos brazos para abrigar, unas manos para acariciar y muchas palabras que construyan, consuelen y enseñen sin lastimar. Es tan corta la infancia y tan determinante en la adultez que merece la pena nuestra dedicación y reflexión. ¿Qué tan dispuestos estamos nosotros a escuchar a nuestros niños y a darles la oportunidad de ser nuestros grandes maestros?.