
Amor embrutecido

El amor, parodiado y degradado, muestra amargos frutos. Es hora de desenmascarar falsedades y sembrar solidaridad para que la humanidad brille y se regenere.
Por Olga Lucía Bustamante Madrid No parece coherente hablar de esa manera del amor. Pero cómo más se puede llamar a un remedo, imitación o caricatura de algo. Aprendimos a parodiar el sentimiento más hermoso y sagrado… y, creo en este momento dilucidar un porqué muy explicativo: también a lo sagrado le degradamos el estatus. Hemos profanado la esencia del ser humano, aquello que lo hace grande y lo enaltece, y las consecuencias se están dejando ver. Nos complace alardear y fingir ser valiosos, pero al mismo tiempo pisoteamos y nos mofamos de quienes sí se atreven a serlo. Perdimos el auto respeto, y lo sustituimos por apariencias o fachas exteriores que "parecen ser" pero que no son. Una especie que se ataque a sí misma, y que apabulle, aplaste o achique, a sus iguales, para satisfacer su ego, está llamada a desaparecer. La cosecha del comportamiento humano está dando frutos secos y amargos. Va siendo hora de desenmascarar falsedades instituidas como verdades, por las sociedades del mundo. "Por sus frutos los conoceréis ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?" Planteó el Maestro Jesús a sus discípulos. Si en los hogares se siembra: indiferencia, eso recogerá; solidaridad, fraternidad y concordia llegarán; superficialidad, frivolidad será el producido; sutileza y discernimiento, abrirán caminos despejados. El sol cada mañana emerge regalándonos su claridad y venciendo la oscuridad. Cada nuevo día podemos brillar como especie, si así lo decidimos. Es decisión de cada individuo, ser luz o sombra para sí mismo, su familia, su comunidad, para el mundo. No hay que esperar que otros decidan ser diferentes y mejores. Demos una ojeada a nuestro alrededor más cercano, y sembremos vida, alegría, sonrisas, seamos apoyo y protección para quienes lo reclaman. Rodeemos a los niños, ellos son la promesa de que la raza humana merece reponerse de sus fracasos. Enseñémosles que la condición humana se enaltece en el amor fraterno, en el compartir cotidiano. Seamos coherentes en el pensar, sentir y actuar. Nutramos el interés por el bienestar de la vida propia y ajena. Lo que hagamos o lo que dejemos de hacer, nos demandará algún día resultados; nada se pierde, nada se olvida. Los frutos que obtendré de mi cultivo interno, serán proporcionales a los cuidados de mi jardín de sentimientos, única y exclusivamente. Sin importar las apariencias y adornos, la semilla lleva en sí misma su esplendor, solo necesita ser regada, podada y nutrida para desplegarlo, de lo contrario, se seca. Dejemos de simular amar, cuando somos mezquinos hasta con la sonrisa. Rescatemos el verdadero sentido del amor sagrado.