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Opinión

Amiga: ¿es en serio?

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
23 de agosto de 2025

Sócrates lo dejó claro siglos atrás: la amistad no es un juego de palabras, es un ejercicio de virtud. Platón lo recogió en sus diálogos y habló de la amistad perfecta, aquella que se da entre iguales en virtud, donde lo que importa no es lo que el otro tiene o aparenta, sino lo que es. Aristóteles, más pragmático, advirtió que no toda amistad merece ese nombre: existen las de interés y las de placer, que son pasajeras, y la verdadera, que es rara, difícil y exige reciprocidad en el afecto.

Si los filósofos griegos ya entendían esto hace más de dos mil años, ¿por qué seguimos sobreutilizando esta palabra? Y es que se dice con una facilidad pasmosa, como si fuera un pase automático a la confianza. Pero no nos engañemos: la amistad no es un título de cortesía ni una estrategia de acercamiento. Entre la boca y el corazón hay un abismo que la palabra "amiga" no siempre cruza. Entre mujeres, ese título carga un peso que muchas veces contradice lo que debería significar. Porque mientras se repite a diario, se convive con una jerarquía silenciosa que ordena quién encaja y quién no, quién merece admiración y quién se convierte en blanco de críticas. Y lo más duro es que esas reglas no vienen de afuera: son impuestas y reforzadas por las mismas mujeres. Muchas veces, la falta de empatía y la envidia se esconden detrás de sonrisas y saludos. "Amiga" en público; juicio y burla en privado. Se opina del cuerpo ajeno, de la edad, de los logros o de los fracasos sin detenerse un segundo a pensar que tal vez detrás de estos cambios hay una batalla física o emocional que no se ve, que no se cuenta, que se vive en el interior. Sorprende aún más ver cómo los estereotipos están imbricados incluso en el género femenino, casi como un epifenómeno. La lucha histórica por conquistar un lugar terminó instalando la idea equivocada de que solo hay espacio para unas pocas. Bajo esa lógica, hay un empeño por sentirse protagonistas dentro del mismo círculo, ya sea desde el estatus social o desde los cánones físicos impuestos por una cultura que reduce el valor a la apariencia. El resultado: una competencia tóxica donde el bienestar ajeno se sacrifica en el altar del ego propio. Una cosa es pedir empatía, y otra muy distinta es esperar que quien te llama "amiga" sea la primera persona que te destruye al dar la media vuelta. La ética no debería ser negociable en las relaciones, y en esta no es la excepción. Tal vez es momento de resignificar esa palabra. Porque quien no es leal en la ausencia, tampoco lo será en la presencia. Así que la próxima vez que digas "amiga" pregúntate: ¿de verdad es en serio?