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Opinión

Alquimia del tiempo: dignidad del patriarca

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
9 de marzo de 2026

En los pliegues de la realidad, allí donde el viento parece recordar los nombres de quienes ya no caminan entre nosotros. Me refiero a la palabra viejo, término oculto bajo el polvo de eufemismos modernos y el brillo sintético de una era obsesionada con el envase, pero que en su médula guarda el brillo gélido de las monedas antiguas. Sólo se hallan tras horadar con paciencia y exactitud.

Llamarle viejo a un hombre, es grado de investidura. Honor de que ese individuo dejó de ser un simple transeúnte del calendario para convertirse en un augur de lo invisible. Viejo no es quien ha visto pasar los días, sino quien ha aprendido a escuchar el crecimiento de la hierba y el crujido de verdades antes de que éstas se hiendan. Es distinción que se unge con la misma reverencia al descorchar un vino abrazado por décadas en la oscuridad, esperando su hora de brillo absoluto. En los talleres donde el aceite posee memoria de las efemérides y en los navíos que parecen bogar sobre espejos de plata, las dignidades de jefe o mentor son meros disfraces administrativos. Frente al mareo de la habilidad que todo lo caduca en un parpadeo, emerge la figura del líder natural. Una figura dotada de visión amplia que es casi ofensivo para el inexperto: mientras otros se distraen con la superficie del agua, el viejo lobo de mar siente la corriente que duerme a mil brazas de profundidad. No necesita la vulgaridad del grito; su palabra posee el peso de las piedras catedralicias. Halla orden en el caos y luz en la incertidumbre, donde los jóvenes se quedan en blanco, leyendo entre las líneas del destino al igual quien recorre las páginas de un libro ya memorizado. Cuando nos acercamos al viejo maestro, buscamos al que ha sobrevivido a todos los vendavales y que, tras el naufragio, sabe el camino de regreso a la orilla. Recuperar dicho matiz es un acto de elegancia —y de rebeldía— frente a la prisa contemporánea. Es saber que el tiempo no sólo erosiona las aristas del hombre, sino que pule su esencia hasta proveerle de una autoridad legítima y serena. Decir viejo con respeto casi sagrado es recibir que, mientras el mundo se desmorona en su urgencia de cristal, la experiencia es el único hilo de oro capaz de coser, con mano firme y pulso de artesano, los añicos de nuestra historia.