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Opinión

Alma de frailejón

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
3 de marzo de 2024

El incendio en el páramo de Berlín expuso la desolación, pero también la resistencia. Occidente, en decadencia, podría renacer mirando su pasado y recuperando valores.

Por Álvaro Bustos González* Aquel incendio que ocurrió en el páramo de Berlín, en Santander, con su secuela de cenizas y tallos muertos, dejó unas imágenes conturbadoras por la desolación del paisaje y los anuncios apocalípticos sobre el futuro de aquellas tierras altas, fuentes de agua y de vida. Se hablaba de cien años para que ese desierto calcinado recobrase el hálito de su viejo esplendor, pero nadie tuvo en cuenta que, a pesar del infortunio y la devastación, hay elementos vivos que acarrean una insólita capacidad para resistir el daño, tal y como le ocurre a quienes tienen alma de frailejones, que por mucho que los quieran destruir siempre renacen, impasibles, de los escombros en que los han pretendido sumir. Discípulos de Oswald Spengler y Leonardo Castellani han hablado reiteradamente de la progresiva decadencia de la civilización occidental, cuyas raíces se fundan en la antigüedad pagana y en la cultura judeocristiana, precisamente por haber ido abjurando gradualmente de sus orígenes filosóficos y éticos, dejándose contaminar por normas y leyes ajenas a su naturaleza, como si estas pudieran existir con omisión de los valores históricos y las sabias prioridades de una profunda tradición intelectual. Quizá la única posibilidad que tiene Occidente de renacer de sus vilezas es volviendo a mirar hacia su glorioso pasado de grandes pensadores, aunque el mensaje de amor de sus orígenes nunca haya florecido del todo. Es decepcionante que nuestra herencia cultural sea desdeñada para reemplazarla por toda clase de bisuterías posmodernas, que son la negación del pensamiento objetivo anclado en la razón y la experiencia, para darle albergue a una galería de relatos acomodaticios sin ningún sustento empírico, ajenos a nuestra historia y modo de ser. Con ese desapego flagrante por el pasado que nos ha tocado vivir y padecer, seguiremos sin rumbo fijo, como cuerpos siderales errabundos, inventando soluciones imposibles a problemas milenarios, entregados a la irresponsabilidad de los demagogos y sus delirios, para quienes la política es la antítesis de los principios que encarna el cristianismo como filosofía, no como religión, y que harían posible, al menos, que recuperáramos la noción de la diferencia entre el bien y el mal. Para esto, sólo faltaría un poco del alma de los frailejones. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.