
Aguantar y amar

Una pasajera relata una desconcertante experiencia en un vuelo: una pareja discutiendo constantemente, con gritos y desprecio, pero tomados de la mano. ¿Es este el amor?
Por Olga Leonor Hernández B Era una pareja, ambos a mi lado en el avión. Yo ya estaba sentada cuando ellos entraban por el pasillo. Ella constató con su pasabordo el número y letra de su asiento, verificó que no se equivocaba y se sentó a mi lado. ¡Psst, hey! Dijo él de pie a su lado, déjeme a mí en la mitad. Ella, sin titubear se paró y le dio ese puesto, ella se hizo a su lado. En el pasillo. Mientras volábamos, su conversación ocurría a mi lado como en un murmullo al que yo no atendía, concentrada en mi libro. Solo escuchaba la voz de ella, suavecita al fondo y la de él, que la interrumpía y se imponía. En un momento, al parecer algo en la conversación no le gustó y entonces en el tono de voz de él se podía leer la molestia; le respondía en una especie de ladrido, afirmando algo, pero ella seguía hablando. ¡Que se calle, le dije! Y se hizo un silencio incómodo para mí, no sé si para ellos. Al rato otra vez ella empezó a hablar y él, una y otra vez la hacía callar. El tema pasó, o ella al final se silenció, no sé; pero hubo un momento de silencio. Minutos después otra vez hablaban, ella decía algo y él la mandaba a callar. Yo no pude evitar mirarlos de reojo y noté algo que me confrontó: Todo esto pasaba mientras estaban agarrados de mano. Así se la pasaron todo el vuelo, ella hablando, él mandándola a callar y las manos entrelazadas. ¿Cómo puede alguien acostumbrarse y acomodarse al desgaste de esa forma? ¿Cuáles son las razones que hacen que una pareja o incluso una familia asuman que la agresividad permanente es su manera de convivir y comunicarse? ¿Qué heridas van quedando en quienes con las manos entrelazadas se agreden? Algunos dirán que soy exagerada, que lo que vi era una discusión cualquiera y que las discusiones no eliminan el amor y el vínculo, y mirado solo desde allí puedo darles la razón, en la convivencia hay discusiones y malestar. Sin embargo, no es menos cierto que para muchos, la agresión, la rabia, los gruñidos y bufidos se convierten en el modo normalizado en que transcurre su vida cotidiana y terminan creyendo que así es el amor. Familias en las que dejar de hablarse es normal. En las que pueden estar todo el día en la misma casa y cada uno hace su vida como si vivieran solos. Familias en que las conversaciones están plagadas de ojos torcidos, manos empuñadas y muecas de incomodidad. No, así no es el amor; no es lo mismo aguantarte que amarte.