
Aceptación

Cuando en terapia hablo de aceptación suelo recibir de regreso una mirada confundida. ¿Me estas diciendo que debo aceptar que al final él no me quería? ¿Me estas diciendo que me debe parecer bien haber estudiado lo que no quería, solo para que mi papá fuera feliz?
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Cuando en terapia hablo de aceptación suelo recibir de regreso una mirada confundida. ¿Me estas diciendo que debo aceptar que al final él no me quería? ¿Me estas diciendo que me debe parecer bien haber estudiado lo que no quería, solo para que mi papá fuera feliz? ¿Me estás diciendo que está bien no haber valorado lo que tenía y ahora lo extraño? Claro, es que visto así parece muy ilógico. Si se ve la aceptación como aprobación positiva de algo, sería como decir que estoy feliz de que eso me haya pasado y que lo volvería a elegir una y otra vez. Pero no, la aceptación en terapia no es la aprobación y celebración de los malos momentos vividos, sino el reconocimiento de la posición asumida, las expectativas, los deseos, lo que se buscaba obtener al estar frente a distintas situaciones. Una traducción de la aceptación en las tres preguntas iniciales sonaría así: “Si. Acepto que no quería darme cuenta de todas las evidencias que me mostraban, día a día que él no me quería. Acepto que permití, por miedo, participar en actividades que me hacían sentir triste e incómoda, pero lo hacia con tal de que él no se aburriera de mí. Reconozco que era más grande el temor a quedarme sola que el dolor de sentir el maltrato verbal y físico y por eso insistí en quedarme. Yo sabia que él no me quería, pero no quería saberlo, estaba evitando verlo con claridad”. “Si. Acepto que fui esa. Fui la que puso por encima de si misma la aceptación y aprobación de los demás. Fui la jovencita que con esfuerzo y disciplina buscaba la mirada de orgullo de mamá y papá, sobre todo de papá. Fui, por miedo a que no me quisieran, la que dejó de lado sus sueños de dedicarme a la música y acepté estudiar derecho, porque tal vez mi papá tenía razón en que me iba a morir de hambre si no estudiaba la carrera que ya era tradicional en la familia. Acepto que negué lo que deseaba, que no puse limites, que lloré muchas noches en silencio viendo cada vez más lejos una vida que me gustara”. “Acepto que por querer tenerlo todo, ahora me quedé sin nada. Me duele, pero reconozco que fui esa persona que cuando sintió que tenía segura a su pareja, la dejó de lado, la di por cierta, y dediqué mi esfuerzo a trabajar y buscar hacer dinero. Acepto que creí que esto del amor eran puras pendejadas y ahora, envejecido y solo, daría todo el dinero del mundo por devolver el tiempo y disfrutar de mis hijos, no haberme perdido bailes en el colegio, obras de teatro, partidos de futbol. Acepto que al final, por puro miedo a la soledad, busque frenéticamente pareja, brincando de una persona a otra, sin realmente consolidar nada”. La aceptación es dar una mirada comprensiva a mi experiencia, es observarla libre de juicios y cargas emocionales, para aclarar de algún modo para qué hice lo que hice, sentí lo que sentí, actué como actué, interpreté como interpreté. Aceptar es implicarme por completo en mi experiencia y desde allí ver si puedo hacer algo para transformarla.