
Abnegación

Una mujer dependiente, en búsqueda de aprobación, se sumerge en un desierto afectivo. La abnegación y el sacrificio se convierten en su elección, hallando poder en el sufrimiento.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Al principio, nuestras conversaciones me mostraban una persona insegura, que buscaba aprobación de los demás. Su relación de pareja de años hace mucho que había dejado de ser amorosa para convertirse en una especie de desierto afectivo marcado por la costumbre. Besos o abrazos ocasionales eran vividos como la muestra de que todo iba bien y que valía la pena luchar por ese vínculo. No pedía nada para ella, no exigía tiempo o cuidados. Se quedaba en silencio esperando que sus necesidades fueran notadas por los demás y aceptaba con júbilo detalles que se asemejaban al afecto que anhelaba. En fin, parecía una persona dependiente, que se ha olvidado de ella misma y andaba perdida, a la espera de que otros la encontraran y rescataran de ese vacío inmenso que es la falta de amor propio. Sin embargo, algo no cerraba en esa historia. Tenía claro que esa espera era estéril. Que estaba perdida y que ella misma se había abandonado tal vez en mayor medida de lo que los demás lo habían hecho. Reconocía todos, o casi todos los momentos en que había dejado de lado su propio bienestar por cumplir con las expectativas de los demás. Sabia perfectamente lo que necesitaba y cuáles eran sus renuncias. Saber, claramente, no lleva a la acción. Hace falta encender la voluntad. Poco a poco, con el bucle de las historias, empecé a notar que cada una de las escenas que me contaba era casi la repetición de la anterior, cambiaban personas, lugares, formas de decir las cosas, pero al final era casi lo mismo. Me lo contaba con nostalgia e incluso con un poco de disfrute. Una sonrisa, muy leve, se dibujaba en su rostro cuando narraba las formas en que se había sentido humillada y maltratada. Si, había gozo en ocupar ese lugar. De allí no se iba a ir. Entonces apareció la palabra: Abnegación. Esa virtud moral que consiste en el sacrificio espontáneo o por medio de la voluntad de los propios intereses, deseos e incluso de la misma vida en favor de otros o de todos. Y mientras más abnegada más agradable a los ojos de Dios. Se estaba ganando el cielo. Apareció ante nosotras el poder del sacrificio, de la dependencia, de las historias tristes. El lugar de la mujer abnegada era también un lugar de poder “Mira lo humilde y buena que soy, me quedo aquí a pesar de las humillaciones y desprecios, soy moralmente mejor y superior a los demás”. Al final, si se estaba eligiendo. Elegía su redención, su expiación; aunque en este momento, en este plano, tuviera que sufrir.