
A los cuarenta…

Como si hubiera sido un abrir y cerrar de ojos, se llega al cuarto piso. Cuatro décadas transitadas en este camino llamado vida. Y llego con una convicción serena: no quiero parecer de veinte; quiero hacer de mis cuarenta el mejor momento de mi vida.
La vida rara vez es un trayecto lineal. Tiene más curvas que rectas y más baches que terrenos planos. Hay momentos en los que el camino se hace cuesta arriba, de esos en los que una se pregunta si vale la pena seguir. Pero incluso en esos tramos se aprende algo esencial: los golpes también enseñan. La madurez no llega solo con los años; llega con las caídas que obligan a repensar el rumbo y a caminar con más conciencia. A esta edad la vida empieza a verse con otra claridad. Y, sin embargo, a las mujeres nos enseñaron a temerle a este momento. De muchas maneras nos dijeron que los cuarenta eran una frontera silenciosa: el punto en el que la belleza se desvanece, las oportunidades se reducen y el tiempo empieza a correr en contra. Nos enseñaron a mirar el paso de los años como una pérdida. Pero tal vez el error está ahí. Porque si algo empieza a revelarse con fuerza es que el tiempo no solo quita: también entrega. Entrega perspectiva, carácter y la posibilidad de mirarse sin tantas máscaras. Se empieza a comprender que no todo lo que parecía urgente lo era realmente. Que muchas de las presiones que cargamos no eran nuestras. Que encajar tiene un precio demasiado alto cuando para hacerlo hay que dejar de ser. Por eso esta década trae la oportunidad de tomar decisiones que empiezan a sentirse innegociables: dónde permanecer y con quién caminar, elegir desde la calma y no desde el pánico de creer que el tren ya partió, habitar el propio cuerpo y la propia vida sin pedir permiso. Y también aprender a soltar. Soltar los lugares que ya no edifican. Las versiones que ya cumplieron su ciclo. El miedo a la soledad que a veces empuja a estar o quedarse donde el alma sabe que ya no pertenece. También soltar la idea de que el paso del tiempo es un error que hay que corregir. Hay una diferencia profunda entre cuidarse con amor propio y someterse a sacrificios extremos para sostener una estética que duele más de lo que satisface, pero que en una imagen siempre parece perfecta. El tiempo ha hecho lo suyo, eso no es mentira. El reloj avanza y cada segundo empieza a sentirse más valioso. Tal vez por eso elegir, celebrarse y habitarse se vuelve un acto de conciencia. Y de ese acto, tan íntimo como valiente, dependerá la forma en que nos miremos y sigamos caminando. Así que gratitud con estos años, en los que por primera vez en mucho tiempo, me siento exactamente donde quiero estar.